martes, 4 de febrero de 2014

Podría haber sido él...

El siguiente relato es una petición que hace algún tiempo me hizo la user de la princesa María. Trata sobre la fugaz historia que tuvo la princesa María Tudor con el duque Philip de Baviera. Para escribir esta historia me he basado en lo que la serie se cuenta sobre ello. Lo he hecho lo mejor que he podido, espero que le guste, bueno a ella y a todos los que queráis leerlo.
La historia está ambientada en la Inglaterra de los Tudor, en el trono está sentado Enrique VIII que tras perder a su tercera esposa la reina Jane Seymour y tras guardar el luto, se había casado con una nueva mujer, una chica de origen alemán y protestante llamada Ana de Cléveris.


Podría haber sido él…






Ese día Londres había amanecido con un manto de nubes negras, el día estaba gris y amenazaba con llover. Era bien temprano cuando la princesa María caminaba por los corredores de palacio camino de las habitaciones de la reina, puesto que había sido invitada por ella.

-Querrá que nos conozcamos mejor, puesto que desde que se casó con el rey no hemos tenido mucho trato- pensó la princesa que mientras caminaba iba pensando ¿Qué podría querer la reina Ana de ella?

Si algo tenía muy claro María era que ella y la reina no iban a ser amigas, y la mayor razón era que la reina no compartía las mismas creencias religiosas que la princesa, ya que Ana era protestante, y eso para María era casi un pecado. Dejó sus pensamientos aparcados a un lado y aceleró el paso, no quería llegar tarde a su cita.

Cuando llegó a las estancias de la reina llamó a la puerta y esperó ser anunciada, una vez hubo entrado, María agarró los pliegues de su vestido e hizo una elegante reverencia agachando la cabeza.

-Majestad, ¿Queríais verme?-

La reina se acercó a ella y le saludó con un movimiento de cabeza acompañado de una jovial sonrisa.

-¡Lady María! Me alegro mucho que aceptarais mi invitación- Ana se sentó en un sillón e invitó a la princesa a sentarse en otro cercano a ella. Pidió a una de sus damas que sirviera té y volvió a la conversación con María, que ya estaba sentada a su lado y no dejaba de mirar a su alrededor.

-Lady María, os he hecho llamar porque me gustaría que fuéramos amigas, vuestro padre siempre habla maravillas de vos- dijo la reina en un tono muy agradable y sin perder la sonrisa de la cara, parecía muy feliz.

María escuchó con atención a la reina y contestó de forma seca, casi fría –Si vos lo decís- tenía razón la reina pretendía un acercamiento, pero María no estaba convencida de querer una relación de amistad con la reina o facilitar un acercamiento.

-Estaré al servicio de su majestad como no podría ser de otra forma y cuando gustéis invitarme acudiré sin réplica- añadió la princesa sin dejar de mirar a la reina.

Ana asintió sonriendo, sin saber muy bien qué decir, parecía que todo el empeño que ponía en ser agradable, la princesa lo pasaba por alto, y no sabía muy bien si llegaría a tener algún otro trato que no fuera el formal. La princesa era una joven, educada y muy correcta, pero Ana advirtió ese tono de frialdad reflejado en sus palabras.

El té fue servido y la conversación continuó, la reina siguió mostrándose jovial y agradable con la princesa, y poco a poco ese tono de frialdad de María se fue relajando. Cuando llevaban un rato hablando, Ana sacó el tema de conversación que más le interesaba mantener con María, y ese mismo tema era el verdadero motivo de esa velada.

-Sabéis, en dos días visitará la corte un primo mío, El duque Felipe- comentó la reina con un inevitable deje de emoción. –Podríais conocerle, seguro que os parece agradable-

-Imagino que será protestante como vos- la pregunta rondaba la cabeza de María desde que la reina había comenzado a hablar de él. No sabía si un protestante llegara a parecerle agradable, aunque la reina cada vez le parecía más simpática. Ante la pregunta de María, Ana asintió.

-Felipe es dulce, educado y simpático- dijo la reina tratando de restarle importancia a las creencias religiosas de su familia. –Y además es muy guapo- giñó cómplice un ojo a la princesa.

Finalmente María accedió a conocer al joven con el permiso del rey, las cosas debían hacerse bien. La velada terminó y la princesa volvió a sus quehaceres pensando que la reina era una buena mujer y que tal vez podría llevarse bien con ella, o al menos intentarlo.

Los dos días pasaron y en la corte todos se preparaban para recibir la visita del duque. Esa noche el rey ofreció un banquete en honor de un embajador, cuando la fiesta terminó y la princesa se dirigía a sus aposentos chocó con un joven que entraba entonces en el salón. Tras el choque, María se paró en seco.

-Señor, nos haríais un gran favor si mirarais por donde vais andando- replicó molesta sin ni siquiera mirar al caballero con el que había chocado,

El chico le dedicó una reverencia y miraba a la princesa embobado. –Mil disculpas my Lady, no os había visto- mintió, ¿cómo no iba a verla? Su prima se había quedado corta con la descripción, la princesa era una mujer muy bella, parecía un ángel. -¿Sois la princesa María?

María alzó por fin la vista para mirar al caballero que tenía delante. –Sí, soy yo ¿Y vos quién sois?

-Soy el duque Felipe de Baviera, sé que deberían presentarnos formalmente ante la reina, mi prima, pero me tenía muchas ganas de conoceros-

La princesa se fijó en él, la reina no mentía, era muy apuesto y parecía todo un caballero, y además la miraba de una forma especial. María se había quedado también mirándole, cuando se hizo el silencio entre ambos, carraspeó y siguió hablando.

-Bienvenido a la corte de mi padre, pero tenéis razón deben presentarnos formalmente- Aclaró la princesa que seguía estrictamente las normas –De todas formas encantada de conoceros- Le dedicó una tímida sonrisa y se despidió de él deseando que llegara el día siguiente para volver a verle.

Al día siguiente la princesa María despertó bien temprano, como era costumbre en ella, pasó un buen rato diciendo sus oraciones, tras asearse y vestirse, finalmente marchó hacia las estancias de la reina, ya que iba a tomar el té con ella.

Tras ser anunciada la princesa entró en la habitación e hizo una reverencia a modo de saludo a la reina, esta le devolvió el saludo con simpatía. La situación entre ellas había cambiado, ya no se apreciaba ni un resquicio de la frialdad de la primera visita, y la relación entre ambas parecía mejorar. Se sentaron a conversar mientras tomaban té, la reina Ana se percató que esa mañana la princesa lucía radiante y podía sospechar cuál era el motivo.

-Princesa ¿Habéis conocido a mi primo el duque Felipe?- Se aventuró a preguntar Ana, a lo que la princesa asintió con una gran sonrisa. La reina comprobó que tenía razón y por suerte parecía que a María le había gustado Felipe. -¿Qué os ha parecido?

-El duque Felipe me ha parecido todo un caballero- la princesa contestó de forma prudente, como buena dama sabía que no era correcto hablar de un hombre en ciertos términos, aunque en su voz se podía ver lo que sus palabras trataban de esconder.

La reina asintió sonriendo, su primo había sabido ganarse a la princesa, una tarea no muy fácil, puesto que el trato que la princesa mantenía con los caballeros de la corte era formal y casi distante, lo que se esperaba de toda dama. De pronto una de las damas interrumpió la conversación, anunciando que la reina tenía una visita: El duque Felipe. A pesar que la princesa estaba deseando volver a verle, al saber que era él se alarmó y se puso muy nerviosa.

-No quiero verlo, majestad por favor, no quiero que me encuentre aquí- María se levantó y se puso de rodillas frente a la reina, sus palabras llevaban casi un tono de súplica.

La reina entendió perfectamente la reacción de la princesa, ayudó a esta a ponerse en pie y trató de tranquilizarla.

-Tranquilizaos princesa, os diré que haremos, salid por la otra puerta- María asintió agradecida, no sabía el motivo de esos nervios, lo único que sabía es que no estaba preparada para volver a verle.

La reina recibió a su primo con todos los honores propios de una visita de tal dignidad, mientras María caminaba hacia la puerta de atrás. Se detuvo sobre sus pasos, seguramente ella sería uno de los temas de conversación y se vio tentada a escuchar tras una cortina, algo que hubiera sido impropio de ella. Ni mucho menos quería escuchar una conversación privada y menos de la reina, pero la curiosidad que sentía por saber qué opinaba acerca de ella ganó a su conciencia y finalmente permaneció en silencio escuchando al duque. Como María había supuesto, finalmente el tema de conversación se centró en ella.

-Creo que ya habéis podido conocer a Lady María, decidme Felipe ¿Qué os ha parecido?- preguntó la reina a su primo, aunque quizá la pregunta sobrara, porque sólo con ver la cara que había puesto Felipe al mencionar a María, hablaba por él.

-Así es majestad, he podido conocerla, solo fueron unos minutos, pero revivo esos minutos en mi cabeza una y otra vez- a Felipe le había gustado la princesa, eso era un hecho pero hablaba de ella de una forma muy especial, casi como si hablara de una diosa. –Me parece la criatura más maravillosa y pura del mundo, es bonita, inteligente y tiene un saber estar y un decoro digno de una verdadera princesa-

Cuando escuchó las palabras de Felipe, María suspiró emocionada, sin duda el joven había dicho lo que ella quería escuchar. En absoluto silencio la princesa salió de las habitaciones de la reina rumbo a las suyas.

Esa noche como era ya muy habitual en la corte de Enrique VIII se celebraba una fiesta, la princesa María la esperaba con ansia, ya que esta era en honor del duque Felipe. Eligió un bonito vestido y un sencillo pero elegante peinado, se aseguró de verse hermosa esa noche. Cuando hubo terminado se dirigió al salón de baile de palacio y tras saludar a su padre, el rey y a la reina Ana, se apartó a un discreto segundo plano esperando al invitado de honor de esa noche.

Las conversaciones de los cortesanos y la música amenizaban la fiesta, había buena comida y buen vino y un ambiente muy agradable. Pocos minutos después se anunció la entrada del duque Felipe, tanto el rey como la reina se levantaron y avanzaron unos pasos para recibirle, mientras tanto, María, aguardaba su presentación con paciencia pero muy emocionada.El joven entro en el salón con su porte regio y un rostro sonriente, realmente era un joven apuesto
.
Tras saludar al rey y a la reina, llegó el turno de la princesa, el rey se marchó de la fiesta alegando que estaba cansado y dejo la presentación a cargo de su esposa. María se adelantó al escuchar a la reina.

-Querido primo, permitid que os presente a la hija mayor de su majestad, la princesa María- la reina señaló a María con una sonrisa indicándole que se acercara. El duque hizo una reverencia la cual María devolvió con gracia.

-Princesa María es un honor conoceros- Tras estas palabras el duque Felipe agarró la mano de la muchacha y depositó un beso. María reaccionó al beso con una tímida sonrisa y añadió:
-El honor es mío excelencia, sed muy bienvenidos-

La fiesta continuó y tras la cena la reina también decidió ausentarse, por todos era sabido que a la reina Ana le estaba costando acostumbrarse a esas ostentosas fiestas a las que solía acudir la mitad de la corte. Tras despedir a su majestad, Felipe le pidió a la princesa María que le concediera un baile, a lo cual la joven accedió de buen grado.

Y no sólo fue un baile lo que la princesa María le concedió al galante Felipe, fueron más de uno y merecía la pena, el duque bailaba maravillosamente bien y María estaba encantada con él. Ambos se deslizaban por la pista como flotando y como si nadie más existiera en el salón de baile, de repente Felipe paró en seco quejándose de un pie, al parecer la princesa le había pisado.

-Felipe, lo siento, de verdad ¡Qué apuro!- Felipe solo hacía que quejarse y a la vez tiraba del brazo de la muchacha, la cual estaba abrumada por la situación. No se explicaba muy bien como había podido pisarle, era prácticamente imposible, pero aun así siguió tras él.

Cuando estaban apartados de todo el mundo, Felipe se incorporó, ya no había dolor ni queja alguna, parecía estar perfectamente, la princesa le miro sin dar crédito a la situación.

-Quería estar a solas con vos- explicó Felipe con una sonrisa –Sois encantadora princesa María- sus ojos se perdieron en los de ella y sus labios se fundieron en un tierno beso.

Cuando se separaron María no sabía que decir, ni a donde mirar, una gran sensación de felicidad invadió su cuerpo y un par de lágrimas brotaron de sus ojos. El joven se percató de que ella lloraba y sonrió de una manera sensible, esa forma de sonreír que a María le había robado el corazón.

-No lloréis, bella dama, ¿acaso tenéis motivo para el llanto? Finalmente una sonrisa se dibujó en el rostro de la princesa –Lloro porque estoy feliz, muy feliz- tras estas palabras ambos volvieron a juntar sus labios en un beso.

La madrugada llegó entre risas, besos y bailes y la princesa María anunció su retirada. Se despidió del duque Felipe y se encaminó a sus aposentos. Aunque se había acostado tarde, al día siguiente amaneció bien temprano. A la media mañana recibió una amarga noticia, el duque Felipe había abandonado la corte por orden del rey.

-Si es una orden del rey hay que acatarla y aceptarla- pensó lady María. Aun así le parecía muy extraña esa decisión del rey y lo que estaba claro que había un motivo oculto tras esa acción.
La princesa se quedó muy triste, ya que Felipe había sido uno de los únicos hombres que verdaderamente le había interesado. Podría haber sido él su futuro marido.





  

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