El
siguiente relato es una petición que hace algún tiempo me hizo la user de la
princesa María. Trata sobre la fugaz historia que tuvo la princesa María Tudor
con el duque Philip de Baviera. Para escribir esta historia me he basado en lo
que la serie se cuenta sobre ello. Lo he hecho lo mejor que he podido, espero
que le guste, bueno a ella y a todos los que queráis leerlo.
La
historia está ambientada en la Inglaterra de los Tudor, en el trono está
sentado Enrique VIII que tras perder a su tercera esposa la reina Jane Seymour
y tras guardar el luto, se había casado con una nueva mujer, una chica de
origen alemán y protestante llamada Ana de Cléveris.
Podría
haber sido él…
Ese
día Londres había amanecido con un manto de nubes negras, el día estaba gris y amenazaba
con llover. Era bien temprano cuando la princesa María caminaba por los
corredores de palacio camino de las habitaciones de la reina, puesto que había
sido invitada por ella.
-Querrá
que nos conozcamos mejor, puesto que desde que se casó con el rey no hemos
tenido mucho trato- pensó la princesa que mientras caminaba iba pensando ¿Qué
podría querer la reina Ana de ella?
Si
algo tenía muy claro María era que ella y la reina no iban a ser amigas, y la
mayor razón era que la reina no compartía las mismas creencias religiosas que
la princesa, ya que Ana era protestante, y eso para María era casi un pecado.
Dejó sus pensamientos aparcados a un lado y aceleró el paso, no quería llegar
tarde a su cita.
Cuando
llegó a las estancias de la reina llamó a la puerta y esperó ser anunciada, una
vez hubo entrado, María agarró los pliegues de su vestido e hizo una elegante
reverencia agachando la cabeza.
-Majestad,
¿Queríais verme?-
La
reina se acercó a ella y le saludó con un movimiento de cabeza acompañado de
una jovial sonrisa.
-¡Lady
María! Me alegro mucho que aceptarais mi invitación- Ana se sentó en un sillón
e invitó a la princesa a sentarse en otro cercano a ella. Pidió a una de sus
damas que sirviera té y volvió a la conversación con María, que ya estaba sentada
a su lado y no dejaba de mirar a su alrededor.
-Lady
María, os he hecho llamar porque me gustaría que fuéramos amigas, vuestro padre
siempre habla maravillas de vos- dijo la reina en un tono muy agradable y sin
perder la sonrisa de la cara, parecía muy feliz.
María
escuchó con atención a la reina y contestó de forma seca, casi fría –Si vos lo
decís- tenía razón la reina pretendía un acercamiento, pero María no estaba
convencida de querer una relación de amistad con la reina o facilitar un
acercamiento.
-Estaré
al servicio de su majestad como no podría ser de otra forma y cuando gustéis
invitarme acudiré sin réplica- añadió la princesa sin dejar de mirar a la
reina.
Ana
asintió sonriendo, sin saber muy bien qué decir, parecía que todo el empeño que
ponía en ser agradable, la princesa lo pasaba por alto, y no sabía muy bien si
llegaría a tener algún otro trato que no fuera el formal. La princesa era una
joven, educada y muy correcta, pero Ana advirtió ese tono de frialdad reflejado
en sus palabras.
El
té fue servido y la conversación continuó, la reina siguió mostrándose jovial y
agradable con la princesa, y poco a poco ese tono de frialdad de María se fue
relajando. Cuando llevaban un rato hablando, Ana sacó el tema de conversación
que más le interesaba mantener con María, y ese mismo tema era el verdadero
motivo de esa velada.
-Sabéis,
en dos días visitará la corte un primo mío, El duque Felipe- comentó la reina
con un inevitable deje de emoción. –Podríais conocerle, seguro que os parece
agradable-
-Imagino
que será protestante como vos- la pregunta rondaba la cabeza de María desde que
la reina había comenzado a hablar de él. No sabía si un protestante llegara a
parecerle agradable, aunque la reina cada vez le parecía más simpática. Ante la
pregunta de María, Ana asintió.
-Felipe
es dulce, educado y simpático- dijo la reina tratando de restarle importancia a
las creencias religiosas de su familia. –Y además es muy guapo- giñó cómplice
un ojo a la princesa.
Finalmente
María accedió a conocer al joven con el permiso del rey, las cosas debían hacerse
bien. La velada terminó y la princesa volvió a sus quehaceres pensando que la
reina era una buena mujer y que tal vez podría llevarse bien con ella, o al
menos intentarlo.
Los
dos días pasaron y en la corte todos se preparaban para recibir la visita del
duque. Esa noche el rey ofreció un banquete en honor de un embajador, cuando la
fiesta terminó y la princesa se dirigía a sus aposentos chocó con un joven que
entraba entonces en el salón. Tras el choque, María se paró en seco.
-Señor,
nos haríais un gran favor si mirarais por donde vais andando- replicó molesta
sin ni siquiera mirar al caballero con el que había chocado,
El
chico le dedicó una reverencia y miraba a la princesa embobado. –Mil disculpas
my Lady, no os había visto- mintió, ¿cómo no iba a verla? Su prima se había
quedado corta con la descripción, la princesa era una mujer muy bella, parecía
un ángel. -¿Sois la princesa María?
María
alzó por fin la vista para mirar al caballero que tenía delante. –Sí, soy yo ¿Y
vos quién sois?
-Soy
el duque Felipe de Baviera, sé que deberían presentarnos formalmente ante la
reina, mi prima, pero me tenía muchas ganas de conoceros-
La
princesa se fijó en él, la reina no mentía, era muy apuesto y parecía todo un
caballero, y además la miraba de una forma especial. María se había quedado
también mirándole, cuando se hizo el silencio entre ambos, carraspeó y siguió
hablando.
-Bienvenido
a la corte de mi padre, pero tenéis razón deben presentarnos formalmente-
Aclaró la princesa que seguía estrictamente las normas –De todas formas
encantada de conoceros- Le dedicó una tímida sonrisa y se despidió de él
deseando que llegara el día siguiente para volver a verle.
Al
día siguiente la princesa María despertó bien temprano, como era costumbre en
ella, pasó un buen rato diciendo sus oraciones, tras asearse y vestirse,
finalmente marchó hacia las estancias de la reina, ya que iba a tomar el té con
ella.
Tras
ser anunciada la princesa entró en la habitación e hizo una reverencia a modo de
saludo a la reina, esta le devolvió el saludo con simpatía. La situación entre
ellas había cambiado, ya no se apreciaba ni un resquicio de la frialdad de la
primera visita, y la relación entre ambas parecía mejorar. Se sentaron a
conversar mientras tomaban té, la reina Ana se percató que esa mañana la
princesa lucía radiante y podía sospechar cuál era el motivo.
-Princesa
¿Habéis conocido a mi primo el duque Felipe?- Se aventuró a preguntar Ana, a lo
que la princesa asintió con una gran sonrisa. La reina comprobó que tenía razón
y por suerte parecía que a María le había gustado Felipe. -¿Qué os ha parecido?
-El
duque Felipe me ha parecido todo un caballero- la princesa contestó de forma
prudente, como buena dama sabía que no era correcto hablar de un hombre en
ciertos términos, aunque en su voz se podía ver lo que sus palabras trataban de
esconder.
La
reina asintió sonriendo, su primo había sabido ganarse a la princesa, una tarea
no muy fácil, puesto que el trato que la princesa mantenía con los caballeros
de la corte era formal y casi distante, lo que se esperaba de toda dama. De
pronto una de las damas interrumpió la conversación, anunciando que la reina
tenía una visita: El duque Felipe. A pesar que la princesa estaba deseando
volver a verle, al saber que era él se alarmó y se puso muy nerviosa.
-No
quiero verlo, majestad por favor, no quiero que me encuentre aquí- María se
levantó y se puso de rodillas frente a la reina, sus palabras llevaban casi un
tono de súplica.
La
reina entendió perfectamente la reacción de la princesa, ayudó a esta a ponerse
en pie y trató de tranquilizarla.
-Tranquilizaos
princesa, os diré que haremos, salid por la otra puerta- María asintió
agradecida, no sabía el motivo de esos nervios, lo único que sabía es que no
estaba preparada para volver a verle.
La reina recibió a su primo con todos los
honores propios de una visita de tal dignidad, mientras María caminaba hacia la
puerta de atrás. Se detuvo sobre sus pasos, seguramente ella sería uno de los
temas de conversación y se vio tentada a escuchar tras una cortina, algo que
hubiera sido impropio de ella. Ni mucho menos quería escuchar una conversación
privada y menos de la reina, pero la curiosidad que sentía por saber qué
opinaba acerca de ella ganó a su conciencia y finalmente permaneció en silencio
escuchando al duque. Como María había supuesto, finalmente el tema de
conversación se centró en ella.
-Creo
que ya habéis podido conocer a Lady María, decidme Felipe ¿Qué os ha parecido?-
preguntó la reina a su primo, aunque quizá la pregunta sobrara, porque sólo con
ver la cara que había puesto Felipe al mencionar a María, hablaba por él.
-Así
es majestad, he podido conocerla, solo fueron unos minutos, pero revivo esos
minutos en mi cabeza una y otra vez- a Felipe le había gustado la princesa, eso
era un hecho pero hablaba de ella de una forma muy especial, casi como si
hablara de una diosa. –Me parece la criatura más maravillosa y pura del mundo,
es bonita, inteligente y tiene un saber estar y un decoro digno de una
verdadera princesa-
Cuando
escuchó las palabras de Felipe, María suspiró emocionada, sin duda el joven
había dicho lo que ella quería escuchar. En absoluto silencio la princesa salió
de las habitaciones de la reina rumbo a las suyas.
Esa
noche como era ya muy habitual en la corte de Enrique VIII se celebraba una
fiesta, la princesa María la esperaba con ansia, ya que esta era en honor del
duque Felipe. Eligió un bonito vestido y un sencillo pero elegante peinado, se
aseguró de verse hermosa esa noche. Cuando hubo terminado se dirigió al salón
de baile de palacio y tras saludar a su padre, el rey y a la reina Ana, se
apartó a un discreto segundo plano esperando al invitado de honor de esa noche.
Las
conversaciones de los cortesanos y la música amenizaban la fiesta, había buena
comida y buen vino y un ambiente muy agradable. Pocos minutos después se
anunció la entrada del duque Felipe, tanto el rey como la reina se levantaron y
avanzaron unos pasos para recibirle, mientras tanto, María, aguardaba su
presentación con paciencia pero muy emocionada.El joven entro en el salón con
su porte regio y un rostro sonriente, realmente era un joven apuesto
.
Tras
saludar al rey y a la reina, llegó el turno de la princesa, el rey se marchó de
la fiesta alegando que estaba cansado y dejo la presentación a cargo de su
esposa. María se adelantó al escuchar a la reina.
-Querido
primo, permitid que os presente a la hija mayor de su majestad, la princesa
María- la reina señaló a María con una sonrisa indicándole que se acercara. El
duque hizo una reverencia la cual María devolvió con gracia.
-Princesa
María es un honor conoceros- Tras estas palabras el duque Felipe agarró la mano
de la muchacha y depositó un beso. María reaccionó al beso con una tímida
sonrisa y añadió:
-El
honor es mío excelencia, sed muy bienvenidos-
La
fiesta continuó y tras la cena la reina también decidió ausentarse, por todos
era sabido que a la reina Ana le estaba costando acostumbrarse a esas
ostentosas fiestas a las que solía acudir la mitad de la corte. Tras despedir a
su majestad, Felipe le pidió a la princesa María que le concediera un baile, a
lo cual la joven accedió de buen grado.
Y
no sólo fue un baile lo que la princesa María le concedió al galante Felipe,
fueron más de uno y merecía la pena, el duque bailaba maravillosamente bien y
María estaba encantada con él. Ambos se deslizaban por la pista como flotando y
como si nadie más existiera en el salón de baile, de repente Felipe paró en
seco quejándose de un pie, al parecer la princesa le había pisado.
-Felipe,
lo siento, de verdad ¡Qué apuro!- Felipe solo hacía que quejarse y a la vez
tiraba del brazo de la muchacha, la cual estaba abrumada por la situación. No
se explicaba muy bien como había podido pisarle, era prácticamente imposible,
pero aun así siguió tras él.
Cuando
estaban apartados de todo el mundo, Felipe se incorporó, ya no había dolor ni
queja alguna, parecía estar perfectamente, la princesa le miro sin dar crédito
a la situación.
-Quería
estar a solas con vos- explicó Felipe con una sonrisa –Sois encantadora
princesa María- sus ojos se perdieron en los de ella y sus labios se fundieron
en un tierno beso.
Cuando
se separaron María no sabía que decir, ni a donde mirar, una gran sensación de
felicidad invadió su cuerpo y un par de lágrimas brotaron de sus ojos. El joven
se percató de que ella lloraba y sonrió de una manera sensible, esa forma de
sonreír que a María le había robado el corazón.
-No
lloréis, bella dama, ¿acaso tenéis motivo para el llanto? Finalmente una
sonrisa se dibujó en el rostro de la princesa –Lloro porque estoy feliz, muy
feliz- tras estas palabras ambos volvieron a juntar sus labios en un beso.
La
madrugada llegó entre risas, besos y bailes y la princesa María anunció su
retirada. Se despidió del duque Felipe y se encaminó a sus aposentos. Aunque se
había acostado tarde, al día siguiente amaneció bien temprano. A la media
mañana recibió una amarga noticia, el duque Felipe había abandonado la corte
por orden del rey.
-Si
es una orden del rey hay que acatarla y aceptarla- pensó lady María. Aun así le
parecía muy extraña esa decisión del rey y lo que estaba claro que había un
motivo oculto tras esa acción.
La
princesa se quedó muy triste, ya que Felipe había sido uno de los únicos
hombres que verdaderamente le había interesado. Podría haber sido él su futuro
marido.
