Aquí tenéis mi primer relato sobre el día más feliz de mi vida, el nacimiento de mi hijo.
Un deseo hecho realidad
La mañana del 12
de octubre amaneció fría y lluviosa en Londres, como cada mañana la reina Jane
despertaba con la salida del sol, a pesar de que su estado requería reposo,
ella seguía madrugando como estaba acostumbrada a hacer. Jane abrió los ojos y con
una amplia sonrisa llevo las manos a su abultado vientre y lo acaricio como si
de algo delicado se tratara. El embarazo de la reina había llegado a su fin y
todos ansiaban que llegara el feliz momento del alumbramiento.
Tras vestirse y
acicalarse, la reina Jane desayunaba huevos de codorniz, un manjar ya frecuente
en su dieta desde que había quedado en estado, mientras sus damas se dedicaban
a abrir paquetes con cuidado, todos regalos que la reina recibía para el hijo
que estaba a punto de tener. Jane las miraba sonriendo mientras pensamientos
contradictorios invadían su cabeza.
-Todas las prendas
que mandan son de niño pero ¿Y si fuera una niña?- la sonrisa que se había
dibujado en su cara se apagó de repente. Ser madre era una de las cosas que más
deseaba, pero por otra parte deseaban aún más hacer feliz al rey dándole un
heredero varón.
Una vez hubo
terminado de desayunar y con esos pensamientos que le perturbaban alejados de
su mente, Jane se unió a sus damas abriendo regalos.
-Majestad, esto lo
envía la duquesa de Suffolk- dijo lady Rochford mientras le entregaba una suave
y preciosa manta bordada a mano a la reina. Jane la cogió con cuidado
asintiendo con una sonrisa.
-Lady Rochford,
¿querréis escribirle una nota de agradecimiento en mi nombre?- La joven asintió mientras Jane miraba la
manta con ternura, imaginándose a su hijo en sus brazos envuelto en ella. La
duquesa le caía bien, era una buena mujer, y su regalo le había encantado.
La mañana pasaba
entre regalos y expresiones de júbilo y emoción de las jóvenes que rodeaban a
la reina. Hacia media mañana la primera de sus damas anunció la visita de la
hija mayor del rey, la princesa María. La princesa entró a la estancia y con el
paso decidido y firme que la caracterizaba saludando a la reina con una
reverencia.
-Lady María, ¡que
placer veros!- la reina devolvió el saludo y sin más formalismos la abrazó.
-Buenos días
majestad, vengo acompañada de un regalo del rey para vos- mientras la princesa
hablaba risueña, dos mozos entraron a la sala cargando una cuna que depositaron
frente a la reina. La cuna era realmente una obra de arte, de fina madera y con
un dosel de seda blanco. La reina se limitó a sonreír ya que de su boca no
podía salir palabra alguna; estaba muy emocionada.
Jane admiraba su
nuevo regalo mientras sus damas discutían su futura ubicación. De repente
sintió una gran punzada en el vientre, soltó un quejido mientras se llevaba una
mano a este y con la otra sujetaba a la princesa. María la miró asustada y con
la ayuda de otra joven llevó a la reina hasta su cama.
-¿Que os ocurre
señora?- preguntó lady María con cara de preocupación y sin soltar la mano de
la reina.
-Ya viene, no me
dejéis sola María- Jane agarró con fuerza su mano mientras daba instrucciones
de avisar al médico y al rey. La princesa asintió con una sonrisa serena,
acariciando el pelo de la reina, con la intención de que se relajara.
En poco tiempo la
alcoba de la reina se llenó de las personas que la iban a asistir en tan
esperado momento. Con cada contracción Jane se retorcía de dolor en la cama
mientras el médico revisaba que todo estuviera bien. A pesar de que sin duda el
momento había llegado, la reina no conseguía dilatar lo suficiente. Empapada de
sudor y cada vez más cansada por el esfuerzo, Jane empujaba sin lograr éxito.
Llegó la noche, y
el amanecer del día siguiente y la reina seguía sin poder dar a luz, y lo que
era peor, cada vez más débil. El médico estaba muy preocupado, de seguir la
situación así, se vería en la obligación de ayudarse de sus instrumentos para
hacerle el trabajo más fácil a la parturienta.
El día llegó a su
fin y la joven reina estaba derrotada, sin fuerza si quiera para seguir con la
tarea de empujar. En su pálida cara se veía reflejado los dos días de
sufrimiento que llevaba, tenía ojeras, la mirada perdida y estaba empapada por
el sudor. A pesar de que sus damas la limpiaban y la atendían correctamente y
de tener a mucha gente a su cuidado, el estado de Jane empeoraba por momentos.
Las peores sospechas del doctor se habían confirmado: tendría que ayudar a la
reina a dar a luz.
Cómo era una
decisión que se le escapaba de su alcance, el doctor se dispuso a hablar con el
rey rápidamente. Le expuso la situación con la preocupación asolando su rostro;
si la reina Jane no era intervenida inmediatamente, corría un grave peligro.
Sin dudarlo dos veces, Enrique autorizó al médico a realizar todo lo que
estuviera en su mano, tenía clara una cosa; no iba a permitir que un simple
parto le arrebatara a su reina.
Sin más demora, el
médico lo dispuso todo para atender a Jane, la cual tenía el mismo aspecto que
una aparición. Antes del alba del día siguiente, unos llantos resonaron por
todas las estancias de la reina. Finalmente todo había terminado y Jane había
conseguido dar a luz.
-Enhorabuena
majestad, habéis dado a luz un varón muy sano- Las palabras del médico sonaron
como si de un susurro se tratara, sus labios esbozaron una débil sonrisa, cerró
los ojos y rendida se entregó al sueño que tan dulcemente la llamaba.
Cuando abrió los
ojos de nuevo, Jane no sabía cuánto tiempo había dormido, la alcoba estaba
llena de caras que la miraban sonriendo. A pesar de que todo el mundo le
hablaba, preguntándole por su estado o para darle la enhorabuena, ella solo
tenía ojos para una persona, su marido.
El rey Enrique se
encontraba en una esquina de la habitación, meciendo con delicadeza y mirando
embobado al bebé que tenía entre sus brazos. No cabía más felicidad en él, su
tercer hijo había llegado y era un varón, su ansiado heredero varón.
Jane miraba la
escena desde su cama con una amplia sonrisa, sin decir nada, no quería
interrumpir aquella visión tan bella. Cuando el rey se dio cuenta de que su
esposa había despertado, se acerco a ella con el bebé en brazos y se sentó a su
lado.
-¿Os encontráis
bien querida?- preguntó Enrique y ella asintió sonriendo –Es un niño, Jane, me
habéis dado un varón, le llamaremos Eduardo. Os amo Jane- comentó emocionado y
sin poder articular más palabras besó con suavidad los labios de ella.
El rey hizo salir
a todo el mundo de la alcoba para dejarla descansar, el siguió a toda la gente
no sin antes besar de nuevo la frente de su hijo y entregárselo a su madre.
Durante los meses que duró su embarazo, Jane se imaginó en numerosas ocasiones la
primera vez que tuviera a su hijo en brazos, y por fin ese esperado momento
había llegado.
Miraba al pequeño
con ternura, estaba radiante y una gran sensación de felicidad recorría su
cuerpo, era la criatura más hermosa que ella jamás hubiera visto. Había
heredado el color rubio de su cabello y sus ojos azules, y aún así se parecía
mucho a su padre.
Eduardo se
revolvía en los brazos de la reina haciendo suaves ruiditos mientras ella no
dejaba de mirarle. El príncipe se quedó quieto un instante y sus ojos azules se
encontraron con los de su madre, tras mirarla un segundo hizo una mueca
graciosa y en su cara se pudo ver una sonrisa. Esa conexión madre e hijo tan
especial hizo que unas lágrimas brotaran de los claros ojos de la reina. La sensación
de tener a tu propio hijo en brazos era una cosa que no se podía explicar,
había que vivirla.
Aquella noche y
durante tres días las campanas y los fuegos artificiales invadieron Londres,
Inglaterra tenía un nuevo príncipe y heredero. Un precioso niño rubio que
dormitaba plácidamente en su cuna bajo la atenta mirada de su madre.
FIN

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