martes, 25 de noviembre de 2014

The definition of love

Demasiado tiempo sin actualizar el blog, y demasiado tiempo sin que mi inspiración me visitara. Ahora vuelvo a actualizar con una promesa que hace mucho, mucho tiempo, casi años luz le hice a una persona bastante especial. El relato que vais a leer a continuación es de mi invención como todos hasta ahora, y cuenta los comienzos de la historia de amor entre Charles Brandon, duque de Suffolk y Catherine Willoughby. Como siempre espero que os guste y especialmente a la persona a la que va dedicado.

Catherine Willoughby casi podría decir que la casa de los duques de Suffolk era su hogar, ya desde bien pequeña, cuando su padre falleció, el rey la había mandado a vivir con su hermana y su cuñado, además se tenía en mente el matrimonio entre la pequeña Catherine y el hijo de los duques.

El tiempo pasó y Catherine se convirtió en una bella y dulce dama con muchos encantos y virtudes que no pasaban desapercibidos para nadie, y menos para el duque. Hacía bastante tiempo que la duquesa y hermana del rey había fallecido, y tras guardar el luto, Charles tenía en mente tomar una nueva esposa, y la idea de que fuera su pupila, le rondaba la mente con cada vez más insistencia.

No sabía de qué manera planteárselo a la joven dama sin causarle temor, ya que mientras él era un hombre maduro, la dulce Catherine no contaba ni con 20 años de edad, además su fama de mujeriego era otro aliciente más que podría a llevar a Catherine a rechazar su matrimonio.

Un día soleado amaneció en Inglaterra, por lo que el rey Enrique invitó a su amigo Charles Brandon a dar un paseo a caballo, el duque aceptó como no podía ser de otra forma, aparte de que Enrique era su rey, era su mejor amigo, y podría aprovechar el paseo para pedirle consejo sobre su idea de matrimonio. Cuando Charles se disponía a salir al encuentro del rey, encontró a su pupila sentada bajo una sombra, muy entretenida leyendo un libro, no dudó en acercase para saludar.

-Buenos días Catherine, ¿disfrutando de la espléndida mañana que tenemos?-

-Buen día excelencia- saludó Catherine con una amplia sonrisa- No podía desaprovechar la tregua que nos ha brindado el cielo-

El duque asintió también con una sonrisa que la joven le había contagiado- Desde luego que no. No os molesto, he de salir, que paséis una buena mañana.

-Lo mismo digo excelencia- contestó Catherine y le despidió con la mano.

Charles cogió su caballo y cabalgó hasta el punto en el que había quedado con el rey, el cual ya estaba esperando.

-Charles espero que traigáis una buena justificación por vuestro retraso- dijo el rey fingiendo estar enfadado- hacer esperar a vuestro rey, debería mandaros a la torre-

El duque bajó de su caballo y se inclinó ante su rey sonriendo, sabía que Enrique bromeaba pero aun así se disculpó, como debía de ser.

-Lo siento majestad, me he entretenido con mi joven pupila- explicó Charles.

El rey hizo una señal de aprobación tras escuchar a su amigo

-Si la causa de vuestro retraso ha sido una mujer, entonces estáis más que perdonado- Enrique soltó una carcajada y le hizo una señal a Charles para subir nuevamente a su caballo y seguir el camino.

Anduvieron un largo rato conversando animadamente de temas de diverso índole, el rey aprovechó para comentarle algunos asuntos de estado y para quejarse de que su matrimonio con la reina Ana no daba el fruto que esperaba.

-Prometió darme un hijo sabéis, un hijo varón que fuera la viva imagen de su padre y de momento solo tenemos una niña- comentaba el rey con cierto enfado –Aunque aún somos jóvenes, y por la gracia de Dios tendremos hijos.

Decidieron pararse en un remanso de agua para darle descanso a los caballos y se sentaron para seguir charlando.

-Majestad, precisamente sobre matrimonio quería pediros consejo-

Charles pensaba que su amigo mejor que nadie sería el más indicado para aconsejarle que hacer con el tema de Catherine. Enrique asintió y le animó a que siguiera hablando.

-Veréis, tengo pensado tomar una nueva esposa, y mi elegida es mi protegida, Catherine Willoughby, pero dada mi edad, y mi fama con las mujeres, no sé cómo plantear el asunto sin asustar a la dama- Explicó su excelencia mientras el rey le escuchaba atento a sus palabras, cuando terminó de exponer la situación le tocó el turno de palabra al rey.

-Excelente elección, lady Catherine es una encantadora dama y muy bonita- alabó el rey a la joven –Aunque dejad que os diga que ardua tarea tenéis si lo que queréis es limpiar vuestra fama Charles- bromeó Enrique- No le digáis directamente vuestra intención, cortejadla, que vea que estáis enamorado de ella, y a la vez llenarla de atenciones- aconsejó el rey- Si vuestra pupila se enamora de vos, no le importará vuestra edad, ni vuestra fama, se casará con vos-

-Gracias por los consejos majestad, creo que es lo que intentaré hacer- dijo el duque agradeciendo el sabio consejo- aunque según comentan alguna de sus damas, Catherine demuestra un cierto interés por mí-

Tras finalizar el paseo Charles llegó a su casa reflexionando, las palabras del rey iban y venían en su cabeza, y esa noche decidió comprobar que tanto interés tenía la dama en él. Mandó a un muchacho a buscar a lady Catherine, para preguntarle si le gustaría cenar con él. Como ella aceptó, se pasó la tarde pesando como demostrarle su amor.

Lady Catherine estaba entusiasmada por la invitación de su excelencia, rara vez cenaban juntos si no era por un motivo especial. Lavó su pelo con esmero y eligió un bonito vestido con el que impresionar al señor Brandon. A la hora de la cena, se dirigió al comedor con una mezcla de sentimientos aflorando, estaba nerviosa a la par que emocionada.

Cuando llegó, Charles ya la estaba esperando, sentado hablando animadamente con uno de los muchachos que ayudaban a servir la cena. En cuanto la vio, se levantó y la miró con los ojos iluminados.

-Estáis radiante Catherine- sólo pudo pronunciar esas palabras ya que estaba extasiado mirando a la joven. Se acercó a ella y tras tomar su mano, dejó un beso en ella.

-Gracias excelencia- de la boca de ella tampoco salían muchas palabras, ya que estaba maravillada, pues el duque nunca la había mirado de aquella manera.

La cena fue muy amena y la conversación de diversa índole, aunque ninguno de los dos podía apartar la mirada del otro. Antes de retirarse cada uno a su alcoba, se despidieron acordando ir a dar un paseo cuando los asuntos del duque se lo permitieran. Después de la cena de esa noche ambos pensaron lo mismo “Creo que está enamorado/a de mi”.

Las chismosas damas de Catherine habían hablado de más, pero no por ello dejaban de tener razón, desde hacía ya algún tiempo miraba al duque con otros ojos, incluso pensaba que estaba mal sentir algo por el que había sido su protector, era como insultar la memoria de la fallecida duquesa.

El paseo prometido se hizo esperar, ya que el rey Enrique mantuvo la mayor parte del día al duque ocupado con sus asuntos, al caer la noche, cuando este regresó a su casa, envió de nuevo al muchacho para disculparse con ella. Los dos días siguientes fueron eternos para Catherine, ya que no veía el momento de volver a compartir un rato con Charles.

En la mañana del viernes sentada se hallaba bordando lady Catherine, más atención estaba prestando a sus pensamientos que a la labor que estaba haciendo, por lo que inevitablemente se pinchó el dedo con la aguja.

-Eso os pasa por estar pensando lo que no debéis- se reprendió mentalmente la propia Catherine.

En ese momento Charles Brandon apareció en la alcoba y a la joven le dio un vuelco el corazón; parecía que el momento del paseo prometido había llegado.

-Espero que sepáis perdonarme Catherine- se excusaba su excelencia mientras paseaban por los jardines- He estado muy ocupado con los asuntos del rey, pero sabed que siempre sacaba un momento para pensar en vos.

Lady Catherine le dedicó una dulce sonrisa –No tenéis que disculparos excelencia, el trabajo es lo primero- dijo Catherine, que si ya de por si iba en una nube por ir del brazo de Charles, al escuchar que estaba en los pensamientos del duque, se sintió la mujer más afortunada de Inglaterra.

-Por favor llamadme solo Charles, me gustaría que relajáramos ese trato tan formal-
La dama asintió y ambos disfrutaron de un agradable paseo.

Con el comienzo del mes siguiente llegaron las malas noticias, el rey Enrique le había encomendado una misión al duque de Suffolk, por lo que este debía viajar a Francia y permanecería allí dos semanas. Con gran pesar se lo comunicó a Catherine, las cosas empezaban a marchar tan bien con ella, que no quería dejarla.

El día que tenía que partir, se despidieron con gran tristeza:

-Catherine, os dejo a cargo de mi casa, espero que cuando vuelva esté de una pieza-bromeó para hacer la despedida algo menos amarga.

-No os preocupéis, encontraréis todo como lo dejasteis-

Se despidieron con la promesa de escribirse y el duque le dio a Catherine un beso en la mejilla que casi rozaba sus labios.

Los dos cumplieron la promesa de escribirse, y lo hacían con bastante frecuencia, contándose cómo había ido el día o alguna anécdota divertida que les ocurriera. Catherine se pasaba los días esperando las cartas de Charles, cada vez tenía más necesidad de tener noticias suyas, y saber que se encontraba bien.

Dos días antes del regreso del duque, este le envió una carta que llenó de entusiasmo a la joven.


-Dice que en dos días regresa, pero que debe ir directamente a ver al rey, este quiere que asista a un baile que se celebrará en la corte- comentaba Catherine a una de sus damas- y también dice…- Tuvo que leer dos veces la última parte de la carta para dar crédito a lo que estaba leyendo- Dice que me manda su amor y devoción- le repitió con júbilo las palabras de su excelencia a lady Alice.

Los dos días anteriores al baile y al regreso de Charles, Catherine leía y releía la última carta que este le había enviado, no cabía en sí, el duque le enviaba su amor y devoción, su amor, a ella. Por fin llegó el día del reencuentro, cuando llegó el enviado del rey. Lady Catherine ya estaba lista para partir hacia la corte, al llegar buscó con la mirada pero no había rastro de Charles, saludó a la reina con una reverencia e incluso le dedicó una sonrisa, y eso que la reina Ana no era de su agrado, pero nada podía estropear su felicidad.

Pasado un instante entraron dos personas en el salón de baile hablando muy alto y riendo: Uno era el rey, que estaba encantado y felicitaba a Charles, al parecer este había conseguido una alianza anglo-francesa muy ventajosa, y al lado de Enrique, ahí estaba él, con su buen porte y aunque parecía cansado no podía ocultar su satisfacción por haber cumplido la misión que su rey le había encomendado.

Cuando Enrique se reunió con su reina, Charles corrió hacia donde se encontraba Catherine y se fundieron en un tierno abrazo. Fue él el primero en pronunciar una palabra.
-Dios Catherine, no sabéis cuanto os he llegado a echar de menos- y sin más preámbulos le dio un beso fugaz en los labios.



Ella estaba feliz por tenerle de vuelta y tras el beso consiguió hablar:

-Hasta que no os habéis ido no me he dado cuenta de la falta que me hacéis-

Pasaron una agradable velada, comieron, bebieron bailaron y charlaron con el rey hasta que llegó la hora de volver a casa, y estaba a punto de llegar el momento más importante de la noche, y que cambiaría la vida de Catherine por completo. Se encontraban en el carruaje de camino a casa comentando la fiesta a la que acababan de asistir, y algo somnolientos por la hora que era, entonces el duque se armó de valor y se sinceró con su amada dama.

-Catherine, hace mucho que quiero deciros lo mucho que os amo, sois mi primer pensamiento de la mañana y el último de la noche, sois muy importante para mí, no concibo mi vida si no estáis vos en ella, porque no puedo vivir sin vos, esa es la definición del amor que por vos siento- tras decir eso cogió la mano de Catherine y finalmente le hizo la propuesta que tanto tiempo llevaba esperando. 
-Compartid vuestra vida conmigo, Catherine, casaos conmigo-

Una gran alegría recorrió las entrañas de ella, y varias lágrimas afloraron de sus ojos.

-Claro que me casaré con vos, no pienso hacerlo con nadie más- dijo emocionada Catherine y nuevamente se besaron, pero esta vez no fue un beso fugaz, fue un beso de amor verdadero, el primero de muchos...
                                                              FIN




                                                           


martes, 4 de febrero de 2014

Podría haber sido él...

El siguiente relato es una petición que hace algún tiempo me hizo la user de la princesa María. Trata sobre la fugaz historia que tuvo la princesa María Tudor con el duque Philip de Baviera. Para escribir esta historia me he basado en lo que la serie se cuenta sobre ello. Lo he hecho lo mejor que he podido, espero que le guste, bueno a ella y a todos los que queráis leerlo.
La historia está ambientada en la Inglaterra de los Tudor, en el trono está sentado Enrique VIII que tras perder a su tercera esposa la reina Jane Seymour y tras guardar el luto, se había casado con una nueva mujer, una chica de origen alemán y protestante llamada Ana de Cléveris.


Podría haber sido él…






Ese día Londres había amanecido con un manto de nubes negras, el día estaba gris y amenazaba con llover. Era bien temprano cuando la princesa María caminaba por los corredores de palacio camino de las habitaciones de la reina, puesto que había sido invitada por ella.

-Querrá que nos conozcamos mejor, puesto que desde que se casó con el rey no hemos tenido mucho trato- pensó la princesa que mientras caminaba iba pensando ¿Qué podría querer la reina Ana de ella?

Si algo tenía muy claro María era que ella y la reina no iban a ser amigas, y la mayor razón era que la reina no compartía las mismas creencias religiosas que la princesa, ya que Ana era protestante, y eso para María era casi un pecado. Dejó sus pensamientos aparcados a un lado y aceleró el paso, no quería llegar tarde a su cita.

Cuando llegó a las estancias de la reina llamó a la puerta y esperó ser anunciada, una vez hubo entrado, María agarró los pliegues de su vestido e hizo una elegante reverencia agachando la cabeza.

-Majestad, ¿Queríais verme?-

La reina se acercó a ella y le saludó con un movimiento de cabeza acompañado de una jovial sonrisa.

-¡Lady María! Me alegro mucho que aceptarais mi invitación- Ana se sentó en un sillón e invitó a la princesa a sentarse en otro cercano a ella. Pidió a una de sus damas que sirviera té y volvió a la conversación con María, que ya estaba sentada a su lado y no dejaba de mirar a su alrededor.

-Lady María, os he hecho llamar porque me gustaría que fuéramos amigas, vuestro padre siempre habla maravillas de vos- dijo la reina en un tono muy agradable y sin perder la sonrisa de la cara, parecía muy feliz.

María escuchó con atención a la reina y contestó de forma seca, casi fría –Si vos lo decís- tenía razón la reina pretendía un acercamiento, pero María no estaba convencida de querer una relación de amistad con la reina o facilitar un acercamiento.

-Estaré al servicio de su majestad como no podría ser de otra forma y cuando gustéis invitarme acudiré sin réplica- añadió la princesa sin dejar de mirar a la reina.

Ana asintió sonriendo, sin saber muy bien qué decir, parecía que todo el empeño que ponía en ser agradable, la princesa lo pasaba por alto, y no sabía muy bien si llegaría a tener algún otro trato que no fuera el formal. La princesa era una joven, educada y muy correcta, pero Ana advirtió ese tono de frialdad reflejado en sus palabras.

El té fue servido y la conversación continuó, la reina siguió mostrándose jovial y agradable con la princesa, y poco a poco ese tono de frialdad de María se fue relajando. Cuando llevaban un rato hablando, Ana sacó el tema de conversación que más le interesaba mantener con María, y ese mismo tema era el verdadero motivo de esa velada.

-Sabéis, en dos días visitará la corte un primo mío, El duque Felipe- comentó la reina con un inevitable deje de emoción. –Podríais conocerle, seguro que os parece agradable-

-Imagino que será protestante como vos- la pregunta rondaba la cabeza de María desde que la reina había comenzado a hablar de él. No sabía si un protestante llegara a parecerle agradable, aunque la reina cada vez le parecía más simpática. Ante la pregunta de María, Ana asintió.

-Felipe es dulce, educado y simpático- dijo la reina tratando de restarle importancia a las creencias religiosas de su familia. –Y además es muy guapo- giñó cómplice un ojo a la princesa.

Finalmente María accedió a conocer al joven con el permiso del rey, las cosas debían hacerse bien. La velada terminó y la princesa volvió a sus quehaceres pensando que la reina era una buena mujer y que tal vez podría llevarse bien con ella, o al menos intentarlo.

Los dos días pasaron y en la corte todos se preparaban para recibir la visita del duque. Esa noche el rey ofreció un banquete en honor de un embajador, cuando la fiesta terminó y la princesa se dirigía a sus aposentos chocó con un joven que entraba entonces en el salón. Tras el choque, María se paró en seco.

-Señor, nos haríais un gran favor si mirarais por donde vais andando- replicó molesta sin ni siquiera mirar al caballero con el que había chocado,

El chico le dedicó una reverencia y miraba a la princesa embobado. –Mil disculpas my Lady, no os había visto- mintió, ¿cómo no iba a verla? Su prima se había quedado corta con la descripción, la princesa era una mujer muy bella, parecía un ángel. -¿Sois la princesa María?

María alzó por fin la vista para mirar al caballero que tenía delante. –Sí, soy yo ¿Y vos quién sois?

-Soy el duque Felipe de Baviera, sé que deberían presentarnos formalmente ante la reina, mi prima, pero me tenía muchas ganas de conoceros-

La princesa se fijó en él, la reina no mentía, era muy apuesto y parecía todo un caballero, y además la miraba de una forma especial. María se había quedado también mirándole, cuando se hizo el silencio entre ambos, carraspeó y siguió hablando.

-Bienvenido a la corte de mi padre, pero tenéis razón deben presentarnos formalmente- Aclaró la princesa que seguía estrictamente las normas –De todas formas encantada de conoceros- Le dedicó una tímida sonrisa y se despidió de él deseando que llegara el día siguiente para volver a verle.

Al día siguiente la princesa María despertó bien temprano, como era costumbre en ella, pasó un buen rato diciendo sus oraciones, tras asearse y vestirse, finalmente marchó hacia las estancias de la reina, ya que iba a tomar el té con ella.

Tras ser anunciada la princesa entró en la habitación e hizo una reverencia a modo de saludo a la reina, esta le devolvió el saludo con simpatía. La situación entre ellas había cambiado, ya no se apreciaba ni un resquicio de la frialdad de la primera visita, y la relación entre ambas parecía mejorar. Se sentaron a conversar mientras tomaban té, la reina Ana se percató que esa mañana la princesa lucía radiante y podía sospechar cuál era el motivo.

-Princesa ¿Habéis conocido a mi primo el duque Felipe?- Se aventuró a preguntar Ana, a lo que la princesa asintió con una gran sonrisa. La reina comprobó que tenía razón y por suerte parecía que a María le había gustado Felipe. -¿Qué os ha parecido?

-El duque Felipe me ha parecido todo un caballero- la princesa contestó de forma prudente, como buena dama sabía que no era correcto hablar de un hombre en ciertos términos, aunque en su voz se podía ver lo que sus palabras trataban de esconder.

La reina asintió sonriendo, su primo había sabido ganarse a la princesa, una tarea no muy fácil, puesto que el trato que la princesa mantenía con los caballeros de la corte era formal y casi distante, lo que se esperaba de toda dama. De pronto una de las damas interrumpió la conversación, anunciando que la reina tenía una visita: El duque Felipe. A pesar que la princesa estaba deseando volver a verle, al saber que era él se alarmó y se puso muy nerviosa.

-No quiero verlo, majestad por favor, no quiero que me encuentre aquí- María se levantó y se puso de rodillas frente a la reina, sus palabras llevaban casi un tono de súplica.

La reina entendió perfectamente la reacción de la princesa, ayudó a esta a ponerse en pie y trató de tranquilizarla.

-Tranquilizaos princesa, os diré que haremos, salid por la otra puerta- María asintió agradecida, no sabía el motivo de esos nervios, lo único que sabía es que no estaba preparada para volver a verle.

La reina recibió a su primo con todos los honores propios de una visita de tal dignidad, mientras María caminaba hacia la puerta de atrás. Se detuvo sobre sus pasos, seguramente ella sería uno de los temas de conversación y se vio tentada a escuchar tras una cortina, algo que hubiera sido impropio de ella. Ni mucho menos quería escuchar una conversación privada y menos de la reina, pero la curiosidad que sentía por saber qué opinaba acerca de ella ganó a su conciencia y finalmente permaneció en silencio escuchando al duque. Como María había supuesto, finalmente el tema de conversación se centró en ella.

-Creo que ya habéis podido conocer a Lady María, decidme Felipe ¿Qué os ha parecido?- preguntó la reina a su primo, aunque quizá la pregunta sobrara, porque sólo con ver la cara que había puesto Felipe al mencionar a María, hablaba por él.

-Así es majestad, he podido conocerla, solo fueron unos minutos, pero revivo esos minutos en mi cabeza una y otra vez- a Felipe le había gustado la princesa, eso era un hecho pero hablaba de ella de una forma muy especial, casi como si hablara de una diosa. –Me parece la criatura más maravillosa y pura del mundo, es bonita, inteligente y tiene un saber estar y un decoro digno de una verdadera princesa-

Cuando escuchó las palabras de Felipe, María suspiró emocionada, sin duda el joven había dicho lo que ella quería escuchar. En absoluto silencio la princesa salió de las habitaciones de la reina rumbo a las suyas.

Esa noche como era ya muy habitual en la corte de Enrique VIII se celebraba una fiesta, la princesa María la esperaba con ansia, ya que esta era en honor del duque Felipe. Eligió un bonito vestido y un sencillo pero elegante peinado, se aseguró de verse hermosa esa noche. Cuando hubo terminado se dirigió al salón de baile de palacio y tras saludar a su padre, el rey y a la reina Ana, se apartó a un discreto segundo plano esperando al invitado de honor de esa noche.

Las conversaciones de los cortesanos y la música amenizaban la fiesta, había buena comida y buen vino y un ambiente muy agradable. Pocos minutos después se anunció la entrada del duque Felipe, tanto el rey como la reina se levantaron y avanzaron unos pasos para recibirle, mientras tanto, María, aguardaba su presentación con paciencia pero muy emocionada.El joven entro en el salón con su porte regio y un rostro sonriente, realmente era un joven apuesto
.
Tras saludar al rey y a la reina, llegó el turno de la princesa, el rey se marchó de la fiesta alegando que estaba cansado y dejo la presentación a cargo de su esposa. María se adelantó al escuchar a la reina.

-Querido primo, permitid que os presente a la hija mayor de su majestad, la princesa María- la reina señaló a María con una sonrisa indicándole que se acercara. El duque hizo una reverencia la cual María devolvió con gracia.

-Princesa María es un honor conoceros- Tras estas palabras el duque Felipe agarró la mano de la muchacha y depositó un beso. María reaccionó al beso con una tímida sonrisa y añadió:
-El honor es mío excelencia, sed muy bienvenidos-

La fiesta continuó y tras la cena la reina también decidió ausentarse, por todos era sabido que a la reina Ana le estaba costando acostumbrarse a esas ostentosas fiestas a las que solía acudir la mitad de la corte. Tras despedir a su majestad, Felipe le pidió a la princesa María que le concediera un baile, a lo cual la joven accedió de buen grado.

Y no sólo fue un baile lo que la princesa María le concedió al galante Felipe, fueron más de uno y merecía la pena, el duque bailaba maravillosamente bien y María estaba encantada con él. Ambos se deslizaban por la pista como flotando y como si nadie más existiera en el salón de baile, de repente Felipe paró en seco quejándose de un pie, al parecer la princesa le había pisado.

-Felipe, lo siento, de verdad ¡Qué apuro!- Felipe solo hacía que quejarse y a la vez tiraba del brazo de la muchacha, la cual estaba abrumada por la situación. No se explicaba muy bien como había podido pisarle, era prácticamente imposible, pero aun así siguió tras él.

Cuando estaban apartados de todo el mundo, Felipe se incorporó, ya no había dolor ni queja alguna, parecía estar perfectamente, la princesa le miro sin dar crédito a la situación.

-Quería estar a solas con vos- explicó Felipe con una sonrisa –Sois encantadora princesa María- sus ojos se perdieron en los de ella y sus labios se fundieron en un tierno beso.

Cuando se separaron María no sabía que decir, ni a donde mirar, una gran sensación de felicidad invadió su cuerpo y un par de lágrimas brotaron de sus ojos. El joven se percató de que ella lloraba y sonrió de una manera sensible, esa forma de sonreír que a María le había robado el corazón.

-No lloréis, bella dama, ¿acaso tenéis motivo para el llanto? Finalmente una sonrisa se dibujó en el rostro de la princesa –Lloro porque estoy feliz, muy feliz- tras estas palabras ambos volvieron a juntar sus labios en un beso.

La madrugada llegó entre risas, besos y bailes y la princesa María anunció su retirada. Se despidió del duque Felipe y se encaminó a sus aposentos. Aunque se había acostado tarde, al día siguiente amaneció bien temprano. A la media mañana recibió una amarga noticia, el duque Felipe había abandonado la corte por orden del rey.

-Si es una orden del rey hay que acatarla y aceptarla- pensó lady María. Aun así le parecía muy extraña esa decisión del rey y lo que estaba claro que había un motivo oculto tras esa acción.
La princesa se quedó muy triste, ya que Felipe había sido uno de los únicos hombres que verdaderamente le había interesado. Podría haber sido él su futuro marido.