Dando un paseo llegué hasta la puerta principal del palacio, allí me quede un segundo observando la majestuosa fachada que tenía ante mí, de momento los recuerdos invadieron mi cabeza. ¿Cómo han podido cambiar las cosas tanto desde la primera vez que crucé estas puertas?
Aún recuerdo el primer día que llegué al palacio de Hampton Court. Yo era una joven y tímida doncella, enviada para servir como dama a la reina Ana. Del brazo de mi hermano Edward, caminaba por los corredores hacia las estancias de la reina, mirando hacia todos lados y preguntándome cómo una joven tan humilde e inocente encajaría en un sitio como este.
Sin ni siquiera saberlo, desde el momento que crucé el gran arco que preside la entrada del palacio, ya estaba sellando mi destino. De repente me dispuse a atravesar de nuevo ese arco que tanto había marcado mi vida, esta vez sin mi hermano, solo con cuatro damas que me acompañaban en el paseo.
A mitad de camino detuve mi marcha, miré a las jóvenes que caminaban detrás de mi, después alcé la vista de nuevo hacia el palacio. Quizás las cosas no había cambiado tanto, pues todo estaba en su sitio, tal vez la el único cambio lo había sufrido mi persona. Y ahora la pregunta ¿un cambio para mejor o para peor?
Lo que estaba claro es que yo ya no soy esa joven tímida que se preocupa por encajar bien en la corte. Ahora me he convertido en mujer, esposa, madre y reina. Un cambio muy positivo, he tenido que aceptar nuevos retos y desempeñar nuevos roles, roles que me han hecho madurar.
Avancé por el arco hasta adentrarme en palacio de nuevo. Mi paseo terminó con una pequeña reflexión: Tal vez no seré la mejor esposa, ni la mejor madre, ni mucho menos la mejor reina, pero de lo que puedo estar orgullosa es de que día a día me esfuerzo por serlo.
Simplemente soy una doncella que aspira a convertirse en una gran dama

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