martes, 25 de noviembre de 2014

The definition of love

Demasiado tiempo sin actualizar el blog, y demasiado tiempo sin que mi inspiración me visitara. Ahora vuelvo a actualizar con una promesa que hace mucho, mucho tiempo, casi años luz le hice a una persona bastante especial. El relato que vais a leer a continuación es de mi invención como todos hasta ahora, y cuenta los comienzos de la historia de amor entre Charles Brandon, duque de Suffolk y Catherine Willoughby. Como siempre espero que os guste y especialmente a la persona a la que va dedicado.

Catherine Willoughby casi podría decir que la casa de los duques de Suffolk era su hogar, ya desde bien pequeña, cuando su padre falleció, el rey la había mandado a vivir con su hermana y su cuñado, además se tenía en mente el matrimonio entre la pequeña Catherine y el hijo de los duques.

El tiempo pasó y Catherine se convirtió en una bella y dulce dama con muchos encantos y virtudes que no pasaban desapercibidos para nadie, y menos para el duque. Hacía bastante tiempo que la duquesa y hermana del rey había fallecido, y tras guardar el luto, Charles tenía en mente tomar una nueva esposa, y la idea de que fuera su pupila, le rondaba la mente con cada vez más insistencia.

No sabía de qué manera planteárselo a la joven dama sin causarle temor, ya que mientras él era un hombre maduro, la dulce Catherine no contaba ni con 20 años de edad, además su fama de mujeriego era otro aliciente más que podría a llevar a Catherine a rechazar su matrimonio.

Un día soleado amaneció en Inglaterra, por lo que el rey Enrique invitó a su amigo Charles Brandon a dar un paseo a caballo, el duque aceptó como no podía ser de otra forma, aparte de que Enrique era su rey, era su mejor amigo, y podría aprovechar el paseo para pedirle consejo sobre su idea de matrimonio. Cuando Charles se disponía a salir al encuentro del rey, encontró a su pupila sentada bajo una sombra, muy entretenida leyendo un libro, no dudó en acercase para saludar.

-Buenos días Catherine, ¿disfrutando de la espléndida mañana que tenemos?-

-Buen día excelencia- saludó Catherine con una amplia sonrisa- No podía desaprovechar la tregua que nos ha brindado el cielo-

El duque asintió también con una sonrisa que la joven le había contagiado- Desde luego que no. No os molesto, he de salir, que paséis una buena mañana.

-Lo mismo digo excelencia- contestó Catherine y le despidió con la mano.

Charles cogió su caballo y cabalgó hasta el punto en el que había quedado con el rey, el cual ya estaba esperando.

-Charles espero que traigáis una buena justificación por vuestro retraso- dijo el rey fingiendo estar enfadado- hacer esperar a vuestro rey, debería mandaros a la torre-

El duque bajó de su caballo y se inclinó ante su rey sonriendo, sabía que Enrique bromeaba pero aun así se disculpó, como debía de ser.

-Lo siento majestad, me he entretenido con mi joven pupila- explicó Charles.

El rey hizo una señal de aprobación tras escuchar a su amigo

-Si la causa de vuestro retraso ha sido una mujer, entonces estáis más que perdonado- Enrique soltó una carcajada y le hizo una señal a Charles para subir nuevamente a su caballo y seguir el camino.

Anduvieron un largo rato conversando animadamente de temas de diverso índole, el rey aprovechó para comentarle algunos asuntos de estado y para quejarse de que su matrimonio con la reina Ana no daba el fruto que esperaba.

-Prometió darme un hijo sabéis, un hijo varón que fuera la viva imagen de su padre y de momento solo tenemos una niña- comentaba el rey con cierto enfado –Aunque aún somos jóvenes, y por la gracia de Dios tendremos hijos.

Decidieron pararse en un remanso de agua para darle descanso a los caballos y se sentaron para seguir charlando.

-Majestad, precisamente sobre matrimonio quería pediros consejo-

Charles pensaba que su amigo mejor que nadie sería el más indicado para aconsejarle que hacer con el tema de Catherine. Enrique asintió y le animó a que siguiera hablando.

-Veréis, tengo pensado tomar una nueva esposa, y mi elegida es mi protegida, Catherine Willoughby, pero dada mi edad, y mi fama con las mujeres, no sé cómo plantear el asunto sin asustar a la dama- Explicó su excelencia mientras el rey le escuchaba atento a sus palabras, cuando terminó de exponer la situación le tocó el turno de palabra al rey.

-Excelente elección, lady Catherine es una encantadora dama y muy bonita- alabó el rey a la joven –Aunque dejad que os diga que ardua tarea tenéis si lo que queréis es limpiar vuestra fama Charles- bromeó Enrique- No le digáis directamente vuestra intención, cortejadla, que vea que estáis enamorado de ella, y a la vez llenarla de atenciones- aconsejó el rey- Si vuestra pupila se enamora de vos, no le importará vuestra edad, ni vuestra fama, se casará con vos-

-Gracias por los consejos majestad, creo que es lo que intentaré hacer- dijo el duque agradeciendo el sabio consejo- aunque según comentan alguna de sus damas, Catherine demuestra un cierto interés por mí-

Tras finalizar el paseo Charles llegó a su casa reflexionando, las palabras del rey iban y venían en su cabeza, y esa noche decidió comprobar que tanto interés tenía la dama en él. Mandó a un muchacho a buscar a lady Catherine, para preguntarle si le gustaría cenar con él. Como ella aceptó, se pasó la tarde pesando como demostrarle su amor.

Lady Catherine estaba entusiasmada por la invitación de su excelencia, rara vez cenaban juntos si no era por un motivo especial. Lavó su pelo con esmero y eligió un bonito vestido con el que impresionar al señor Brandon. A la hora de la cena, se dirigió al comedor con una mezcla de sentimientos aflorando, estaba nerviosa a la par que emocionada.

Cuando llegó, Charles ya la estaba esperando, sentado hablando animadamente con uno de los muchachos que ayudaban a servir la cena. En cuanto la vio, se levantó y la miró con los ojos iluminados.

-Estáis radiante Catherine- sólo pudo pronunciar esas palabras ya que estaba extasiado mirando a la joven. Se acercó a ella y tras tomar su mano, dejó un beso en ella.

-Gracias excelencia- de la boca de ella tampoco salían muchas palabras, ya que estaba maravillada, pues el duque nunca la había mirado de aquella manera.

La cena fue muy amena y la conversación de diversa índole, aunque ninguno de los dos podía apartar la mirada del otro. Antes de retirarse cada uno a su alcoba, se despidieron acordando ir a dar un paseo cuando los asuntos del duque se lo permitieran. Después de la cena de esa noche ambos pensaron lo mismo “Creo que está enamorado/a de mi”.

Las chismosas damas de Catherine habían hablado de más, pero no por ello dejaban de tener razón, desde hacía ya algún tiempo miraba al duque con otros ojos, incluso pensaba que estaba mal sentir algo por el que había sido su protector, era como insultar la memoria de la fallecida duquesa.

El paseo prometido se hizo esperar, ya que el rey Enrique mantuvo la mayor parte del día al duque ocupado con sus asuntos, al caer la noche, cuando este regresó a su casa, envió de nuevo al muchacho para disculparse con ella. Los dos días siguientes fueron eternos para Catherine, ya que no veía el momento de volver a compartir un rato con Charles.

En la mañana del viernes sentada se hallaba bordando lady Catherine, más atención estaba prestando a sus pensamientos que a la labor que estaba haciendo, por lo que inevitablemente se pinchó el dedo con la aguja.

-Eso os pasa por estar pensando lo que no debéis- se reprendió mentalmente la propia Catherine.

En ese momento Charles Brandon apareció en la alcoba y a la joven le dio un vuelco el corazón; parecía que el momento del paseo prometido había llegado.

-Espero que sepáis perdonarme Catherine- se excusaba su excelencia mientras paseaban por los jardines- He estado muy ocupado con los asuntos del rey, pero sabed que siempre sacaba un momento para pensar en vos.

Lady Catherine le dedicó una dulce sonrisa –No tenéis que disculparos excelencia, el trabajo es lo primero- dijo Catherine, que si ya de por si iba en una nube por ir del brazo de Charles, al escuchar que estaba en los pensamientos del duque, se sintió la mujer más afortunada de Inglaterra.

-Por favor llamadme solo Charles, me gustaría que relajáramos ese trato tan formal-
La dama asintió y ambos disfrutaron de un agradable paseo.

Con el comienzo del mes siguiente llegaron las malas noticias, el rey Enrique le había encomendado una misión al duque de Suffolk, por lo que este debía viajar a Francia y permanecería allí dos semanas. Con gran pesar se lo comunicó a Catherine, las cosas empezaban a marchar tan bien con ella, que no quería dejarla.

El día que tenía que partir, se despidieron con gran tristeza:

-Catherine, os dejo a cargo de mi casa, espero que cuando vuelva esté de una pieza-bromeó para hacer la despedida algo menos amarga.

-No os preocupéis, encontraréis todo como lo dejasteis-

Se despidieron con la promesa de escribirse y el duque le dio a Catherine un beso en la mejilla que casi rozaba sus labios.

Los dos cumplieron la promesa de escribirse, y lo hacían con bastante frecuencia, contándose cómo había ido el día o alguna anécdota divertida que les ocurriera. Catherine se pasaba los días esperando las cartas de Charles, cada vez tenía más necesidad de tener noticias suyas, y saber que se encontraba bien.

Dos días antes del regreso del duque, este le envió una carta que llenó de entusiasmo a la joven.


-Dice que en dos días regresa, pero que debe ir directamente a ver al rey, este quiere que asista a un baile que se celebrará en la corte- comentaba Catherine a una de sus damas- y también dice…- Tuvo que leer dos veces la última parte de la carta para dar crédito a lo que estaba leyendo- Dice que me manda su amor y devoción- le repitió con júbilo las palabras de su excelencia a lady Alice.

Los dos días anteriores al baile y al regreso de Charles, Catherine leía y releía la última carta que este le había enviado, no cabía en sí, el duque le enviaba su amor y devoción, su amor, a ella. Por fin llegó el día del reencuentro, cuando llegó el enviado del rey. Lady Catherine ya estaba lista para partir hacia la corte, al llegar buscó con la mirada pero no había rastro de Charles, saludó a la reina con una reverencia e incluso le dedicó una sonrisa, y eso que la reina Ana no era de su agrado, pero nada podía estropear su felicidad.

Pasado un instante entraron dos personas en el salón de baile hablando muy alto y riendo: Uno era el rey, que estaba encantado y felicitaba a Charles, al parecer este había conseguido una alianza anglo-francesa muy ventajosa, y al lado de Enrique, ahí estaba él, con su buen porte y aunque parecía cansado no podía ocultar su satisfacción por haber cumplido la misión que su rey le había encomendado.

Cuando Enrique se reunió con su reina, Charles corrió hacia donde se encontraba Catherine y se fundieron en un tierno abrazo. Fue él el primero en pronunciar una palabra.
-Dios Catherine, no sabéis cuanto os he llegado a echar de menos- y sin más preámbulos le dio un beso fugaz en los labios.



Ella estaba feliz por tenerle de vuelta y tras el beso consiguió hablar:

-Hasta que no os habéis ido no me he dado cuenta de la falta que me hacéis-

Pasaron una agradable velada, comieron, bebieron bailaron y charlaron con el rey hasta que llegó la hora de volver a casa, y estaba a punto de llegar el momento más importante de la noche, y que cambiaría la vida de Catherine por completo. Se encontraban en el carruaje de camino a casa comentando la fiesta a la que acababan de asistir, y algo somnolientos por la hora que era, entonces el duque se armó de valor y se sinceró con su amada dama.

-Catherine, hace mucho que quiero deciros lo mucho que os amo, sois mi primer pensamiento de la mañana y el último de la noche, sois muy importante para mí, no concibo mi vida si no estáis vos en ella, porque no puedo vivir sin vos, esa es la definición del amor que por vos siento- tras decir eso cogió la mano de Catherine y finalmente le hizo la propuesta que tanto tiempo llevaba esperando. 
-Compartid vuestra vida conmigo, Catherine, casaos conmigo-

Una gran alegría recorrió las entrañas de ella, y varias lágrimas afloraron de sus ojos.

-Claro que me casaré con vos, no pienso hacerlo con nadie más- dijo emocionada Catherine y nuevamente se besaron, pero esta vez no fue un beso fugaz, fue un beso de amor verdadero, el primero de muchos...
                                                              FIN




                                                           


martes, 4 de febrero de 2014

Podría haber sido él...

El siguiente relato es una petición que hace algún tiempo me hizo la user de la princesa María. Trata sobre la fugaz historia que tuvo la princesa María Tudor con el duque Philip de Baviera. Para escribir esta historia me he basado en lo que la serie se cuenta sobre ello. Lo he hecho lo mejor que he podido, espero que le guste, bueno a ella y a todos los que queráis leerlo.
La historia está ambientada en la Inglaterra de los Tudor, en el trono está sentado Enrique VIII que tras perder a su tercera esposa la reina Jane Seymour y tras guardar el luto, se había casado con una nueva mujer, una chica de origen alemán y protestante llamada Ana de Cléveris.


Podría haber sido él…






Ese día Londres había amanecido con un manto de nubes negras, el día estaba gris y amenazaba con llover. Era bien temprano cuando la princesa María caminaba por los corredores de palacio camino de las habitaciones de la reina, puesto que había sido invitada por ella.

-Querrá que nos conozcamos mejor, puesto que desde que se casó con el rey no hemos tenido mucho trato- pensó la princesa que mientras caminaba iba pensando ¿Qué podría querer la reina Ana de ella?

Si algo tenía muy claro María era que ella y la reina no iban a ser amigas, y la mayor razón era que la reina no compartía las mismas creencias religiosas que la princesa, ya que Ana era protestante, y eso para María era casi un pecado. Dejó sus pensamientos aparcados a un lado y aceleró el paso, no quería llegar tarde a su cita.

Cuando llegó a las estancias de la reina llamó a la puerta y esperó ser anunciada, una vez hubo entrado, María agarró los pliegues de su vestido e hizo una elegante reverencia agachando la cabeza.

-Majestad, ¿Queríais verme?-

La reina se acercó a ella y le saludó con un movimiento de cabeza acompañado de una jovial sonrisa.

-¡Lady María! Me alegro mucho que aceptarais mi invitación- Ana se sentó en un sillón e invitó a la princesa a sentarse en otro cercano a ella. Pidió a una de sus damas que sirviera té y volvió a la conversación con María, que ya estaba sentada a su lado y no dejaba de mirar a su alrededor.

-Lady María, os he hecho llamar porque me gustaría que fuéramos amigas, vuestro padre siempre habla maravillas de vos- dijo la reina en un tono muy agradable y sin perder la sonrisa de la cara, parecía muy feliz.

María escuchó con atención a la reina y contestó de forma seca, casi fría –Si vos lo decís- tenía razón la reina pretendía un acercamiento, pero María no estaba convencida de querer una relación de amistad con la reina o facilitar un acercamiento.

-Estaré al servicio de su majestad como no podría ser de otra forma y cuando gustéis invitarme acudiré sin réplica- añadió la princesa sin dejar de mirar a la reina.

Ana asintió sonriendo, sin saber muy bien qué decir, parecía que todo el empeño que ponía en ser agradable, la princesa lo pasaba por alto, y no sabía muy bien si llegaría a tener algún otro trato que no fuera el formal. La princesa era una joven, educada y muy correcta, pero Ana advirtió ese tono de frialdad reflejado en sus palabras.

El té fue servido y la conversación continuó, la reina siguió mostrándose jovial y agradable con la princesa, y poco a poco ese tono de frialdad de María se fue relajando. Cuando llevaban un rato hablando, Ana sacó el tema de conversación que más le interesaba mantener con María, y ese mismo tema era el verdadero motivo de esa velada.

-Sabéis, en dos días visitará la corte un primo mío, El duque Felipe- comentó la reina con un inevitable deje de emoción. –Podríais conocerle, seguro que os parece agradable-

-Imagino que será protestante como vos- la pregunta rondaba la cabeza de María desde que la reina había comenzado a hablar de él. No sabía si un protestante llegara a parecerle agradable, aunque la reina cada vez le parecía más simpática. Ante la pregunta de María, Ana asintió.

-Felipe es dulce, educado y simpático- dijo la reina tratando de restarle importancia a las creencias religiosas de su familia. –Y además es muy guapo- giñó cómplice un ojo a la princesa.

Finalmente María accedió a conocer al joven con el permiso del rey, las cosas debían hacerse bien. La velada terminó y la princesa volvió a sus quehaceres pensando que la reina era una buena mujer y que tal vez podría llevarse bien con ella, o al menos intentarlo.

Los dos días pasaron y en la corte todos se preparaban para recibir la visita del duque. Esa noche el rey ofreció un banquete en honor de un embajador, cuando la fiesta terminó y la princesa se dirigía a sus aposentos chocó con un joven que entraba entonces en el salón. Tras el choque, María se paró en seco.

-Señor, nos haríais un gran favor si mirarais por donde vais andando- replicó molesta sin ni siquiera mirar al caballero con el que había chocado,

El chico le dedicó una reverencia y miraba a la princesa embobado. –Mil disculpas my Lady, no os había visto- mintió, ¿cómo no iba a verla? Su prima se había quedado corta con la descripción, la princesa era una mujer muy bella, parecía un ángel. -¿Sois la princesa María?

María alzó por fin la vista para mirar al caballero que tenía delante. –Sí, soy yo ¿Y vos quién sois?

-Soy el duque Felipe de Baviera, sé que deberían presentarnos formalmente ante la reina, mi prima, pero me tenía muchas ganas de conoceros-

La princesa se fijó en él, la reina no mentía, era muy apuesto y parecía todo un caballero, y además la miraba de una forma especial. María se había quedado también mirándole, cuando se hizo el silencio entre ambos, carraspeó y siguió hablando.

-Bienvenido a la corte de mi padre, pero tenéis razón deben presentarnos formalmente- Aclaró la princesa que seguía estrictamente las normas –De todas formas encantada de conoceros- Le dedicó una tímida sonrisa y se despidió de él deseando que llegara el día siguiente para volver a verle.

Al día siguiente la princesa María despertó bien temprano, como era costumbre en ella, pasó un buen rato diciendo sus oraciones, tras asearse y vestirse, finalmente marchó hacia las estancias de la reina, ya que iba a tomar el té con ella.

Tras ser anunciada la princesa entró en la habitación e hizo una reverencia a modo de saludo a la reina, esta le devolvió el saludo con simpatía. La situación entre ellas había cambiado, ya no se apreciaba ni un resquicio de la frialdad de la primera visita, y la relación entre ambas parecía mejorar. Se sentaron a conversar mientras tomaban té, la reina Ana se percató que esa mañana la princesa lucía radiante y podía sospechar cuál era el motivo.

-Princesa ¿Habéis conocido a mi primo el duque Felipe?- Se aventuró a preguntar Ana, a lo que la princesa asintió con una gran sonrisa. La reina comprobó que tenía razón y por suerte parecía que a María le había gustado Felipe. -¿Qué os ha parecido?

-El duque Felipe me ha parecido todo un caballero- la princesa contestó de forma prudente, como buena dama sabía que no era correcto hablar de un hombre en ciertos términos, aunque en su voz se podía ver lo que sus palabras trataban de esconder.

La reina asintió sonriendo, su primo había sabido ganarse a la princesa, una tarea no muy fácil, puesto que el trato que la princesa mantenía con los caballeros de la corte era formal y casi distante, lo que se esperaba de toda dama. De pronto una de las damas interrumpió la conversación, anunciando que la reina tenía una visita: El duque Felipe. A pesar que la princesa estaba deseando volver a verle, al saber que era él se alarmó y se puso muy nerviosa.

-No quiero verlo, majestad por favor, no quiero que me encuentre aquí- María se levantó y se puso de rodillas frente a la reina, sus palabras llevaban casi un tono de súplica.

La reina entendió perfectamente la reacción de la princesa, ayudó a esta a ponerse en pie y trató de tranquilizarla.

-Tranquilizaos princesa, os diré que haremos, salid por la otra puerta- María asintió agradecida, no sabía el motivo de esos nervios, lo único que sabía es que no estaba preparada para volver a verle.

La reina recibió a su primo con todos los honores propios de una visita de tal dignidad, mientras María caminaba hacia la puerta de atrás. Se detuvo sobre sus pasos, seguramente ella sería uno de los temas de conversación y se vio tentada a escuchar tras una cortina, algo que hubiera sido impropio de ella. Ni mucho menos quería escuchar una conversación privada y menos de la reina, pero la curiosidad que sentía por saber qué opinaba acerca de ella ganó a su conciencia y finalmente permaneció en silencio escuchando al duque. Como María había supuesto, finalmente el tema de conversación se centró en ella.

-Creo que ya habéis podido conocer a Lady María, decidme Felipe ¿Qué os ha parecido?- preguntó la reina a su primo, aunque quizá la pregunta sobrara, porque sólo con ver la cara que había puesto Felipe al mencionar a María, hablaba por él.

-Así es majestad, he podido conocerla, solo fueron unos minutos, pero revivo esos minutos en mi cabeza una y otra vez- a Felipe le había gustado la princesa, eso era un hecho pero hablaba de ella de una forma muy especial, casi como si hablara de una diosa. –Me parece la criatura más maravillosa y pura del mundo, es bonita, inteligente y tiene un saber estar y un decoro digno de una verdadera princesa-

Cuando escuchó las palabras de Felipe, María suspiró emocionada, sin duda el joven había dicho lo que ella quería escuchar. En absoluto silencio la princesa salió de las habitaciones de la reina rumbo a las suyas.

Esa noche como era ya muy habitual en la corte de Enrique VIII se celebraba una fiesta, la princesa María la esperaba con ansia, ya que esta era en honor del duque Felipe. Eligió un bonito vestido y un sencillo pero elegante peinado, se aseguró de verse hermosa esa noche. Cuando hubo terminado se dirigió al salón de baile de palacio y tras saludar a su padre, el rey y a la reina Ana, se apartó a un discreto segundo plano esperando al invitado de honor de esa noche.

Las conversaciones de los cortesanos y la música amenizaban la fiesta, había buena comida y buen vino y un ambiente muy agradable. Pocos minutos después se anunció la entrada del duque Felipe, tanto el rey como la reina se levantaron y avanzaron unos pasos para recibirle, mientras tanto, María, aguardaba su presentación con paciencia pero muy emocionada.El joven entro en el salón con su porte regio y un rostro sonriente, realmente era un joven apuesto
.
Tras saludar al rey y a la reina, llegó el turno de la princesa, el rey se marchó de la fiesta alegando que estaba cansado y dejo la presentación a cargo de su esposa. María se adelantó al escuchar a la reina.

-Querido primo, permitid que os presente a la hija mayor de su majestad, la princesa María- la reina señaló a María con una sonrisa indicándole que se acercara. El duque hizo una reverencia la cual María devolvió con gracia.

-Princesa María es un honor conoceros- Tras estas palabras el duque Felipe agarró la mano de la muchacha y depositó un beso. María reaccionó al beso con una tímida sonrisa y añadió:
-El honor es mío excelencia, sed muy bienvenidos-

La fiesta continuó y tras la cena la reina también decidió ausentarse, por todos era sabido que a la reina Ana le estaba costando acostumbrarse a esas ostentosas fiestas a las que solía acudir la mitad de la corte. Tras despedir a su majestad, Felipe le pidió a la princesa María que le concediera un baile, a lo cual la joven accedió de buen grado.

Y no sólo fue un baile lo que la princesa María le concedió al galante Felipe, fueron más de uno y merecía la pena, el duque bailaba maravillosamente bien y María estaba encantada con él. Ambos se deslizaban por la pista como flotando y como si nadie más existiera en el salón de baile, de repente Felipe paró en seco quejándose de un pie, al parecer la princesa le había pisado.

-Felipe, lo siento, de verdad ¡Qué apuro!- Felipe solo hacía que quejarse y a la vez tiraba del brazo de la muchacha, la cual estaba abrumada por la situación. No se explicaba muy bien como había podido pisarle, era prácticamente imposible, pero aun así siguió tras él.

Cuando estaban apartados de todo el mundo, Felipe se incorporó, ya no había dolor ni queja alguna, parecía estar perfectamente, la princesa le miro sin dar crédito a la situación.

-Quería estar a solas con vos- explicó Felipe con una sonrisa –Sois encantadora princesa María- sus ojos se perdieron en los de ella y sus labios se fundieron en un tierno beso.

Cuando se separaron María no sabía que decir, ni a donde mirar, una gran sensación de felicidad invadió su cuerpo y un par de lágrimas brotaron de sus ojos. El joven se percató de que ella lloraba y sonrió de una manera sensible, esa forma de sonreír que a María le había robado el corazón.

-No lloréis, bella dama, ¿acaso tenéis motivo para el llanto? Finalmente una sonrisa se dibujó en el rostro de la princesa –Lloro porque estoy feliz, muy feliz- tras estas palabras ambos volvieron a juntar sus labios en un beso.

La madrugada llegó entre risas, besos y bailes y la princesa María anunció su retirada. Se despidió del duque Felipe y se encaminó a sus aposentos. Aunque se había acostado tarde, al día siguiente amaneció bien temprano. A la media mañana recibió una amarga noticia, el duque Felipe había abandonado la corte por orden del rey.

-Si es una orden del rey hay que acatarla y aceptarla- pensó lady María. Aun así le parecía muy extraña esa decisión del rey y lo que estaba claro que había un motivo oculto tras esa acción.
La princesa se quedó muy triste, ya que Felipe había sido uno de los únicos hombres que verdaderamente le había interesado. Podría haber sido él su futuro marido.





  

domingo, 17 de noviembre de 2013

La amenaza de una dinastía







Todo el mundo estaba de preparativos en la corte inglesa de Enrique VIII, ya que este viajaría a Escocia muy pronto acompañado de su quinta esposa, la reina Catalina Howard y la hija mayor de este Lady María. El día de la partida por fin había llegado pero antes el rey Enrique debía dar unas instrucciones a las personas que se dedicaban al cuidado de su pequeño tesoro: su único hijo y heredero, el príncipe Eduardo.

-Lady Brian, encargaos en todo cuanto mi hijo precise y si por algún casual llegara a enfermar, no dudéis en avisarme- el rey se dirigió a la institutriz del príncipe, aunque ella no necesitaba ninguna instrucción, ya que llevaba al cuidado de los hijos del rey mucho tiempo y sabía de sobra lo que tenía que hacer. Aun así la mujer asintió ante las palabras del rey.
Antes de irse, Enrique se dirigió a alguien más, una joven de cabellos cobrizos que cada día se parecía más a su madre, su hija la princesa Isabel.

-Isabel, no dejéis de transmitir vuestra sabiduría a vuestro hermano-

-Así lo haré majestad, no dudéis que enseñaré a mi hermano todo cuanto se-

Enrique le dedicó una tierna sonrisa a su hija y se despidió de todos antes de marchar.
El príncipe Eduardo contaba ya con cinco años de edad, tenía el pelo muy rubio y rizado y aunque se pareciera a su padre bastante, cada vez que el rey le miraba era imposible no ver en él a su madre, la difunta reina Jane. Todo el mundo a su servicio se había encargado de que el niño creciera sano y feliz, y así había sido, aunque le faltara la figura materna, las dos esposas del rey que precedieron a Jane, se habían encargado de ser una madre para el pequeño.

Las dos hijas del rey a menudo participaban de la educación y el recreo del niño, el pequeño príncipe a su corta edad ya se había ganado la simpatía de todas las personas que le rodeaban.

Una tarde, días después de la partida del rey hacia Escocia, La princesa Isabel se encontraba con el príncipe Eduardo ayudando a este a estudiar el tan necesario latín. Al niño le costaba concentrarse, pues estaba más pendiente de los juguetes que se encontraban próximos a donde estaban sentados que a las lecciones de su hermana.

Isabel leía y Eduardo repetía con pesadez y aburrimiento lo que su hermana decía. La joven se percató de que su hermano ya no le prestaba tanta atención como al principio de empezar la lección.

-Eduardo, debéis conocer y aprender latín, es lo que se espera del futuro rey de Inglaterra- Isabel reprendió a su hermano pero como siempre de manera dulce y comprensiva. Giró la vista al mismo lugar de su hermano y se dio cuenta que el pequeño miraba a sus juguetes con cara de pena. – ¿Queréis ir a jugar?- Eduardo asintió emocionado.

-Tal vez todos le estamos exigiendo demasiado a Eduardo, sin pararnos a pensar que es tan sólo un niño- pensó Isabel e hizo un gesto para que su hermano marchara a jugar.

Antes de que el niño se moviera de la silla la joven princesa se puso de rodilla ante la silla de su hermano y mirándole a los ojos con cariño le dijo algo que rondaba en su cabeza durante hacía algún tiempo.

-Eduardo prometedme que cuando seáis rey seréis un rey justo y bueno- aunque aún faltaba tiempo para que su hermano tomara el mando del trono de Inglaterra, la joven veía muy necesario ir inculcando ciertos valores en su hermano. Eduardo asintió tras escuchar las palabras de su hermana y finalmente se fue a jugar.

Al caer la noche Isabel se dirigió a la habitación del príncipe para darle las buenas noches como hacía habitualmente. Ayudó al niño a meterse en la cama y arroparle y cuando se acercó a besar su frente advirtió de que ardía en fiebre.

Rápidamente avisó a Lady Brian esta mandó a visar al médico y Sir Edward Seymour, el tío del príncipe Eduardo y la persona encargada de su tutela. Tras examinar al pequeño el médico les dio malas noticias, el pequeño estaba gravemente enfermo y su vida dependería de que pasara la noche. Eso era una noticia terrible, ya que si el pequeño moría sería una gran pérdida para todos, además que la continuidad de la dinastía Tudor se vería tambaleada.

Desde el momento en que Eduardo enfermó se había evitado molestar al rey, esperando la mejoría del niño, pero ya era hora de que el rey Enrique supiera el estado crítico de su único hijo y Sir Edward sería el encargado de hacerlo.

Cuando la noche ya estaba bien avanzada el silencio que había cerca de las estancias del príncipe se rompió con los gritos del rey, era evidente que ya había llegado. De camino a la habitación de su hijo Sir Edward Seymour recibió una buena reprimenda por no avisarle rápidamente del estado de su benjamín.

Los Seymour habían gozado de gran prestigio en la corte desde que Jane se había convertido en reina, cuando está murió su prestigio siguió en auge ya que el heredero del rey pertenecía a su familia. Ahora con la enfermedad del príncipe su grandiosidad peligraba.

El rey aún enfadado mando salir a todas las personas de la habitación. Se sentó en la cama de su hijo dispuesto a velar su sueño durante el resto de la noche, hasta que el cansancio pudo con él y cayó rendido.

Llegó el alba y con él el comienzo de un nuevo día, el rey se despertó porque alguien jugaba con su pelo. Al ver de quién se trataba se incorporó de golpe con una amplia sonrisa, tocó la frente del pequeño que ya no ardía, esto era señal de que el príncipe se había recuperado.


Enrique abrazó con fuerza a su hijo y tras volver a comprobar que estaba bien se retiró para dejarle descansar. Con la recuperación del príncipe Eduardo la estabilidad volvía al reino de Enrique VIII, al menos por el momento.

jueves, 23 de mayo de 2013

Recuerdos...




Dando un paseo llegué hasta la puerta principal del palacio, allí me quede un segundo observando la majestuosa fachada que tenía ante mí, de momento los recuerdos invadieron mi cabeza. ¿Cómo han podido cambiar las cosas tanto desde la primera vez que crucé estas puertas?

Aún recuerdo el primer día que llegué al palacio de Hampton Court. Yo era una joven y tímida doncella, enviada para servir como dama a la reina Ana. Del brazo de mi hermano Edward, caminaba por los corredores hacia las estancias de la reina, mirando hacia todos lados y preguntándome cómo una joven tan humilde e inocente encajaría en un sitio como este.

Sin ni siquiera saberlo, desde el momento que crucé el gran arco que preside la entrada del palacio, ya estaba sellando mi destino. De repente me dispuse a atravesar de nuevo ese arco que tanto había marcado mi vida, esta vez sin mi hermano, solo con cuatro damas que me acompañaban en el paseo.

A mitad de camino detuve mi marcha, miré a las jóvenes que caminaban detrás de mi, después alcé la vista de nuevo hacia el palacio. Quizás las cosas no había cambiado tanto, pues todo estaba en su sitio, tal vez la el único cambio lo había sufrido mi persona. Y ahora la pregunta ¿un cambio para mejor o para peor?

Lo que estaba claro es que yo ya no soy esa joven tímida que se preocupa por encajar bien en la corte. Ahora me he convertido en  mujer, esposa, madre y reina. Un cambio muy positivo, he tenido que aceptar nuevos retos y desempeñar nuevos roles, roles que me han hecho madurar. 

Avancé por el arco hasta adentrarme en palacio de nuevo. Mi paseo terminó con una pequeña reflexión: Tal vez no seré la mejor esposa, ni la mejor madre, ni mucho menos la mejor reina, pero de lo que puedo estar orgullosa es de que día a día me esfuerzo por serlo. 

Simplemente soy una doncella que aspira a convertirse en una gran dama 








lunes, 8 de abril de 2013

Un deseo hecho realidad

Aquí tenéis mi primer relato sobre el día más feliz de mi vida, el nacimiento de mi hijo.

Un deseo hecho realidad



La mañana del 12 de octubre amaneció fría y lluviosa en Londres, como cada mañana la reina Jane despertaba con la salida del sol, a pesar de que su estado requería reposo, ella seguía madrugando como estaba acostumbrada a hacer. Jane abrió los ojos y con una amplia sonrisa llevo las manos a su abultado vientre y lo acaricio como si de algo delicado se tratara. El embarazo de la reina había llegado a su fin y todos ansiaban que llegara el feliz momento del alumbramiento.

Tras vestirse y acicalarse, la reina Jane desayunaba huevos de codorniz, un manjar ya frecuente en su dieta desde que había quedado en estado, mientras sus damas se dedicaban a abrir paquetes con cuidado, todos regalos que la reina recibía para el hijo que estaba a punto de tener. Jane las miraba sonriendo mientras pensamientos contradictorios invadían su cabeza.

-Todas las prendas que mandan son de niño pero ¿Y si fuera una niña?- la sonrisa que se había dibujado en su cara se apagó de repente. Ser madre era una de las cosas que más deseaba, pero por otra parte deseaban aún más hacer feliz al rey dándole un heredero varón.

Una vez hubo terminado de desayunar y con esos pensamientos que le perturbaban alejados de su mente, Jane se unió a sus damas abriendo regalos.

-Majestad, esto lo envía la duquesa de Suffolk- dijo lady Rochford mientras le entregaba una suave y preciosa manta bordada a mano a la reina. Jane la cogió con cuidado asintiendo con una sonrisa.

-Lady Rochford, ¿querréis escribirle una nota de agradecimiento en mi nombre?-  La joven asintió mientras Jane miraba la manta con ternura, imaginándose a su hijo en sus brazos envuelto en ella. La duquesa le caía bien, era una buena mujer, y su regalo le había encantado.
La mañana pasaba entre regalos y expresiones de júbilo y emoción de las jóvenes que rodeaban a la reina. Hacia media mañana la primera de sus damas anunció la visita de la hija mayor del rey, la princesa María. La princesa entró a la estancia y con el paso decidido y firme que la caracterizaba saludando a la reina con una reverencia.

-Lady María, ¡que placer veros!- la reina devolvió el saludo y sin más formalismos la abrazó.

-Buenos días majestad, vengo acompañada de un regalo del rey para vos- mientras la princesa hablaba risueña, dos mozos entraron a la sala cargando una cuna que depositaron frente a la reina. La cuna era realmente una obra de arte, de fina madera y con un dosel de seda blanco. La reina se limitó a sonreír ya que de su boca no podía salir palabra alguna; estaba muy emocionada.

Jane admiraba su nuevo regalo mientras sus damas discutían su futura ubicación. De repente sintió una gran punzada en el vientre, soltó un quejido mientras se llevaba una mano a este y con la otra sujetaba a la princesa. María la miró asustada y con la ayuda de otra joven llevó a la reina hasta su cama.

-¿Que os ocurre señora?- preguntó lady María con cara de preocupación y sin soltar la mano de la reina.

-Ya viene, no me dejéis sola María- Jane agarró con fuerza su mano mientras daba instrucciones de avisar al médico y al rey. La princesa asintió con una sonrisa serena, acariciando el pelo de la reina, con la intención de que se relajara.

En poco tiempo la alcoba de la reina se llenó de las personas que la iban a asistir en tan esperado momento. Con cada contracción Jane se retorcía de dolor en la cama mientras el médico revisaba que todo estuviera bien. A pesar de que sin duda el momento había llegado, la reina no conseguía dilatar lo suficiente. Empapada de sudor y cada vez más cansada por el esfuerzo, Jane empujaba sin lograr éxito.

Llegó la noche, y el amanecer del día siguiente y la reina seguía sin poder dar a luz, y lo que era peor, cada vez más débil. El médico estaba muy preocupado, de seguir la situación así, se vería en la obligación de ayudarse de sus instrumentos para hacerle el trabajo más fácil a la parturienta.

El día llegó a su fin y la joven reina estaba derrotada, sin fuerza si quiera para seguir con la tarea de empujar. En su pálida cara se veía reflejado los dos días de sufrimiento que llevaba, tenía ojeras, la mirada perdida y estaba empapada por el sudor. A pesar de que sus damas la limpiaban y la atendían correctamente y de tener a mucha gente a su cuidado, el estado de Jane empeoraba por momentos. Las peores sospechas del doctor se habían confirmado: tendría que ayudar a la reina a dar a luz.

Cómo era una decisión que se le escapaba de su alcance, el doctor se dispuso a hablar con el rey rápidamente. Le expuso la situación con la preocupación asolando su rostro; si la reina Jane no era intervenida inmediatamente, corría un grave peligro. Sin dudarlo dos veces, Enrique autorizó al médico a realizar todo lo que estuviera en su mano, tenía clara una cosa; no iba a permitir que un simple parto le arrebatara a su reina.

Sin más demora, el médico lo dispuso todo para atender a Jane, la cual tenía el mismo aspecto que una aparición. Antes del alba del día siguiente, unos llantos resonaron por todas las estancias de la reina. Finalmente todo había terminado y Jane había conseguido dar a luz.

-Enhorabuena majestad, habéis dado a luz un varón muy sano- Las palabras del médico sonaron como si de un susurro se tratara, sus labios esbozaron una débil sonrisa, cerró los ojos y rendida se entregó al sueño que tan dulcemente la llamaba.

Cuando abrió los ojos de nuevo, Jane no sabía cuánto tiempo había dormido, la alcoba estaba llena de caras que la miraban sonriendo. A pesar de que todo el mundo le hablaba, preguntándole por su estado o para darle la enhorabuena, ella solo tenía ojos para una persona, su marido.
El rey Enrique se encontraba en una esquina de la habitación, meciendo con delicadeza y mirando embobado al bebé que tenía entre sus brazos. No cabía más felicidad en él, su tercer hijo había llegado y era un varón, su ansiado heredero varón.

Jane miraba la escena desde su cama con una amplia sonrisa, sin decir nada, no quería interrumpir aquella visión tan bella. Cuando el rey se dio cuenta de que su esposa había despertado, se acerco a ella con el bebé en brazos y se sentó a su lado.

-¿Os encontráis bien querida?- preguntó Enrique y ella asintió sonriendo –Es un niño, Jane, me habéis dado un varón, le llamaremos Eduardo. Os amo Jane- comentó emocionado y sin poder articular más palabras besó con suavidad los labios de ella.

El rey hizo salir a todo el mundo de la alcoba para dejarla descansar, el siguió a toda la gente no sin antes besar de nuevo la frente de su hijo y entregárselo a su madre. Durante los meses que duró su embarazo, Jane se imaginó en numerosas ocasiones la primera vez que tuviera a su hijo en brazos, y por fin ese esperado momento había llegado.

Miraba al pequeño con ternura, estaba radiante y una gran sensación de felicidad recorría su cuerpo, era la criatura más hermosa que ella jamás hubiera visto. Había heredado el color rubio de su cabello y sus ojos azules, y aún así se parecía mucho a su padre.

Eduardo se revolvía en los brazos de la reina haciendo suaves ruiditos mientras ella no dejaba de mirarle. El príncipe se quedó quieto un instante y sus ojos azules se encontraron con los de su madre, tras mirarla un segundo hizo una mueca graciosa y en su cara se pudo ver una sonrisa. Esa conexión madre e hijo tan especial hizo que unas lágrimas brotaran de los claros ojos de la reina. La sensación de tener a tu propio hijo en brazos era una cosa que no se podía explicar, había que vivirla.

Aquella noche y durante tres días las campanas y los fuegos artificiales invadieron Londres, Inglaterra tenía un nuevo príncipe y heredero. Un precioso niño rubio que dormitaba plácidamente en su cuna bajo la atenta mirada de su madre.    



         FIN 


domingo, 7 de abril de 2013

Comenzando...

Como bien dice el título de la entrada, hoy empiezo a trabajar en este blog. Hay personas que llevan mucho tiempo sugiriéndome la creación de algo parecido donde publicar los relatos que poco a poco he ido escribiendo, pero hasta ahora no me había decidido. 

La mayoría de las historias que vais a leer aquí son inventadas por mi o basadas en roles. La temática os la podéis imaginar sabiendo cual es mi personaje en twitter-rol, aunque también mezclo personajes e historias de distintas sagas. En algunos relatos que publique aunque sean inventados por mi, no me alejaré mucho de la realidad, de lo que he podido leer acerca de esta dinastía o de la serie. Otros como podréis ver no tendrán nada que ver y serán como mi imaginación quiera diseñarlos.

De antemano os digo que no me considero muy buena escritora, pasable más bien, por eso acepto criticas constructivas de todo tipo para intentar mejorar poco a poco. Espero que os gusten las historias que voy a subir y acepto sugerencias para escribir otras, incluso si alguien confía mucho en mi, podría atreverme a escribir alguna historia que me pidieran.

Gracias por dedicar un ratito de vuestro tiempo en leerme.

Fdo: La user de Jane :D