domingo, 17 de noviembre de 2013

La amenaza de una dinastía







Todo el mundo estaba de preparativos en la corte inglesa de Enrique VIII, ya que este viajaría a Escocia muy pronto acompañado de su quinta esposa, la reina Catalina Howard y la hija mayor de este Lady María. El día de la partida por fin había llegado pero antes el rey Enrique debía dar unas instrucciones a las personas que se dedicaban al cuidado de su pequeño tesoro: su único hijo y heredero, el príncipe Eduardo.

-Lady Brian, encargaos en todo cuanto mi hijo precise y si por algún casual llegara a enfermar, no dudéis en avisarme- el rey se dirigió a la institutriz del príncipe, aunque ella no necesitaba ninguna instrucción, ya que llevaba al cuidado de los hijos del rey mucho tiempo y sabía de sobra lo que tenía que hacer. Aun así la mujer asintió ante las palabras del rey.
Antes de irse, Enrique se dirigió a alguien más, una joven de cabellos cobrizos que cada día se parecía más a su madre, su hija la princesa Isabel.

-Isabel, no dejéis de transmitir vuestra sabiduría a vuestro hermano-

-Así lo haré majestad, no dudéis que enseñaré a mi hermano todo cuanto se-

Enrique le dedicó una tierna sonrisa a su hija y se despidió de todos antes de marchar.
El príncipe Eduardo contaba ya con cinco años de edad, tenía el pelo muy rubio y rizado y aunque se pareciera a su padre bastante, cada vez que el rey le miraba era imposible no ver en él a su madre, la difunta reina Jane. Todo el mundo a su servicio se había encargado de que el niño creciera sano y feliz, y así había sido, aunque le faltara la figura materna, las dos esposas del rey que precedieron a Jane, se habían encargado de ser una madre para el pequeño.

Las dos hijas del rey a menudo participaban de la educación y el recreo del niño, el pequeño príncipe a su corta edad ya se había ganado la simpatía de todas las personas que le rodeaban.

Una tarde, días después de la partida del rey hacia Escocia, La princesa Isabel se encontraba con el príncipe Eduardo ayudando a este a estudiar el tan necesario latín. Al niño le costaba concentrarse, pues estaba más pendiente de los juguetes que se encontraban próximos a donde estaban sentados que a las lecciones de su hermana.

Isabel leía y Eduardo repetía con pesadez y aburrimiento lo que su hermana decía. La joven se percató de que su hermano ya no le prestaba tanta atención como al principio de empezar la lección.

-Eduardo, debéis conocer y aprender latín, es lo que se espera del futuro rey de Inglaterra- Isabel reprendió a su hermano pero como siempre de manera dulce y comprensiva. Giró la vista al mismo lugar de su hermano y se dio cuenta que el pequeño miraba a sus juguetes con cara de pena. – ¿Queréis ir a jugar?- Eduardo asintió emocionado.

-Tal vez todos le estamos exigiendo demasiado a Eduardo, sin pararnos a pensar que es tan sólo un niño- pensó Isabel e hizo un gesto para que su hermano marchara a jugar.

Antes de que el niño se moviera de la silla la joven princesa se puso de rodilla ante la silla de su hermano y mirándole a los ojos con cariño le dijo algo que rondaba en su cabeza durante hacía algún tiempo.

-Eduardo prometedme que cuando seáis rey seréis un rey justo y bueno- aunque aún faltaba tiempo para que su hermano tomara el mando del trono de Inglaterra, la joven veía muy necesario ir inculcando ciertos valores en su hermano. Eduardo asintió tras escuchar las palabras de su hermana y finalmente se fue a jugar.

Al caer la noche Isabel se dirigió a la habitación del príncipe para darle las buenas noches como hacía habitualmente. Ayudó al niño a meterse en la cama y arroparle y cuando se acercó a besar su frente advirtió de que ardía en fiebre.

Rápidamente avisó a Lady Brian esta mandó a visar al médico y Sir Edward Seymour, el tío del príncipe Eduardo y la persona encargada de su tutela. Tras examinar al pequeño el médico les dio malas noticias, el pequeño estaba gravemente enfermo y su vida dependería de que pasara la noche. Eso era una noticia terrible, ya que si el pequeño moría sería una gran pérdida para todos, además que la continuidad de la dinastía Tudor se vería tambaleada.

Desde el momento en que Eduardo enfermó se había evitado molestar al rey, esperando la mejoría del niño, pero ya era hora de que el rey Enrique supiera el estado crítico de su único hijo y Sir Edward sería el encargado de hacerlo.

Cuando la noche ya estaba bien avanzada el silencio que había cerca de las estancias del príncipe se rompió con los gritos del rey, era evidente que ya había llegado. De camino a la habitación de su hijo Sir Edward Seymour recibió una buena reprimenda por no avisarle rápidamente del estado de su benjamín.

Los Seymour habían gozado de gran prestigio en la corte desde que Jane se había convertido en reina, cuando está murió su prestigio siguió en auge ya que el heredero del rey pertenecía a su familia. Ahora con la enfermedad del príncipe su grandiosidad peligraba.

El rey aún enfadado mando salir a todas las personas de la habitación. Se sentó en la cama de su hijo dispuesto a velar su sueño durante el resto de la noche, hasta que el cansancio pudo con él y cayó rendido.

Llegó el alba y con él el comienzo de un nuevo día, el rey se despertó porque alguien jugaba con su pelo. Al ver de quién se trataba se incorporó de golpe con una amplia sonrisa, tocó la frente del pequeño que ya no ardía, esto era señal de que el príncipe se había recuperado.


Enrique abrazó con fuerza a su hijo y tras volver a comprobar que estaba bien se retiró para dejarle descansar. Con la recuperación del príncipe Eduardo la estabilidad volvía al reino de Enrique VIII, al menos por el momento.

jueves, 23 de mayo de 2013

Recuerdos...




Dando un paseo llegué hasta la puerta principal del palacio, allí me quede un segundo observando la majestuosa fachada que tenía ante mí, de momento los recuerdos invadieron mi cabeza. ¿Cómo han podido cambiar las cosas tanto desde la primera vez que crucé estas puertas?

Aún recuerdo el primer día que llegué al palacio de Hampton Court. Yo era una joven y tímida doncella, enviada para servir como dama a la reina Ana. Del brazo de mi hermano Edward, caminaba por los corredores hacia las estancias de la reina, mirando hacia todos lados y preguntándome cómo una joven tan humilde e inocente encajaría en un sitio como este.

Sin ni siquiera saberlo, desde el momento que crucé el gran arco que preside la entrada del palacio, ya estaba sellando mi destino. De repente me dispuse a atravesar de nuevo ese arco que tanto había marcado mi vida, esta vez sin mi hermano, solo con cuatro damas que me acompañaban en el paseo.

A mitad de camino detuve mi marcha, miré a las jóvenes que caminaban detrás de mi, después alcé la vista de nuevo hacia el palacio. Quizás las cosas no había cambiado tanto, pues todo estaba en su sitio, tal vez la el único cambio lo había sufrido mi persona. Y ahora la pregunta ¿un cambio para mejor o para peor?

Lo que estaba claro es que yo ya no soy esa joven tímida que se preocupa por encajar bien en la corte. Ahora me he convertido en  mujer, esposa, madre y reina. Un cambio muy positivo, he tenido que aceptar nuevos retos y desempeñar nuevos roles, roles que me han hecho madurar. 

Avancé por el arco hasta adentrarme en palacio de nuevo. Mi paseo terminó con una pequeña reflexión: Tal vez no seré la mejor esposa, ni la mejor madre, ni mucho menos la mejor reina, pero de lo que puedo estar orgullosa es de que día a día me esfuerzo por serlo. 

Simplemente soy una doncella que aspira a convertirse en una gran dama 








lunes, 8 de abril de 2013

Un deseo hecho realidad

Aquí tenéis mi primer relato sobre el día más feliz de mi vida, el nacimiento de mi hijo.

Un deseo hecho realidad



La mañana del 12 de octubre amaneció fría y lluviosa en Londres, como cada mañana la reina Jane despertaba con la salida del sol, a pesar de que su estado requería reposo, ella seguía madrugando como estaba acostumbrada a hacer. Jane abrió los ojos y con una amplia sonrisa llevo las manos a su abultado vientre y lo acaricio como si de algo delicado se tratara. El embarazo de la reina había llegado a su fin y todos ansiaban que llegara el feliz momento del alumbramiento.

Tras vestirse y acicalarse, la reina Jane desayunaba huevos de codorniz, un manjar ya frecuente en su dieta desde que había quedado en estado, mientras sus damas se dedicaban a abrir paquetes con cuidado, todos regalos que la reina recibía para el hijo que estaba a punto de tener. Jane las miraba sonriendo mientras pensamientos contradictorios invadían su cabeza.

-Todas las prendas que mandan son de niño pero ¿Y si fuera una niña?- la sonrisa que se había dibujado en su cara se apagó de repente. Ser madre era una de las cosas que más deseaba, pero por otra parte deseaban aún más hacer feliz al rey dándole un heredero varón.

Una vez hubo terminado de desayunar y con esos pensamientos que le perturbaban alejados de su mente, Jane se unió a sus damas abriendo regalos.

-Majestad, esto lo envía la duquesa de Suffolk- dijo lady Rochford mientras le entregaba una suave y preciosa manta bordada a mano a la reina. Jane la cogió con cuidado asintiendo con una sonrisa.

-Lady Rochford, ¿querréis escribirle una nota de agradecimiento en mi nombre?-  La joven asintió mientras Jane miraba la manta con ternura, imaginándose a su hijo en sus brazos envuelto en ella. La duquesa le caía bien, era una buena mujer, y su regalo le había encantado.
La mañana pasaba entre regalos y expresiones de júbilo y emoción de las jóvenes que rodeaban a la reina. Hacia media mañana la primera de sus damas anunció la visita de la hija mayor del rey, la princesa María. La princesa entró a la estancia y con el paso decidido y firme que la caracterizaba saludando a la reina con una reverencia.

-Lady María, ¡que placer veros!- la reina devolvió el saludo y sin más formalismos la abrazó.

-Buenos días majestad, vengo acompañada de un regalo del rey para vos- mientras la princesa hablaba risueña, dos mozos entraron a la sala cargando una cuna que depositaron frente a la reina. La cuna era realmente una obra de arte, de fina madera y con un dosel de seda blanco. La reina se limitó a sonreír ya que de su boca no podía salir palabra alguna; estaba muy emocionada.

Jane admiraba su nuevo regalo mientras sus damas discutían su futura ubicación. De repente sintió una gran punzada en el vientre, soltó un quejido mientras se llevaba una mano a este y con la otra sujetaba a la princesa. María la miró asustada y con la ayuda de otra joven llevó a la reina hasta su cama.

-¿Que os ocurre señora?- preguntó lady María con cara de preocupación y sin soltar la mano de la reina.

-Ya viene, no me dejéis sola María- Jane agarró con fuerza su mano mientras daba instrucciones de avisar al médico y al rey. La princesa asintió con una sonrisa serena, acariciando el pelo de la reina, con la intención de que se relajara.

En poco tiempo la alcoba de la reina se llenó de las personas que la iban a asistir en tan esperado momento. Con cada contracción Jane se retorcía de dolor en la cama mientras el médico revisaba que todo estuviera bien. A pesar de que sin duda el momento había llegado, la reina no conseguía dilatar lo suficiente. Empapada de sudor y cada vez más cansada por el esfuerzo, Jane empujaba sin lograr éxito.

Llegó la noche, y el amanecer del día siguiente y la reina seguía sin poder dar a luz, y lo que era peor, cada vez más débil. El médico estaba muy preocupado, de seguir la situación así, se vería en la obligación de ayudarse de sus instrumentos para hacerle el trabajo más fácil a la parturienta.

El día llegó a su fin y la joven reina estaba derrotada, sin fuerza si quiera para seguir con la tarea de empujar. En su pálida cara se veía reflejado los dos días de sufrimiento que llevaba, tenía ojeras, la mirada perdida y estaba empapada por el sudor. A pesar de que sus damas la limpiaban y la atendían correctamente y de tener a mucha gente a su cuidado, el estado de Jane empeoraba por momentos. Las peores sospechas del doctor se habían confirmado: tendría que ayudar a la reina a dar a luz.

Cómo era una decisión que se le escapaba de su alcance, el doctor se dispuso a hablar con el rey rápidamente. Le expuso la situación con la preocupación asolando su rostro; si la reina Jane no era intervenida inmediatamente, corría un grave peligro. Sin dudarlo dos veces, Enrique autorizó al médico a realizar todo lo que estuviera en su mano, tenía clara una cosa; no iba a permitir que un simple parto le arrebatara a su reina.

Sin más demora, el médico lo dispuso todo para atender a Jane, la cual tenía el mismo aspecto que una aparición. Antes del alba del día siguiente, unos llantos resonaron por todas las estancias de la reina. Finalmente todo había terminado y Jane había conseguido dar a luz.

-Enhorabuena majestad, habéis dado a luz un varón muy sano- Las palabras del médico sonaron como si de un susurro se tratara, sus labios esbozaron una débil sonrisa, cerró los ojos y rendida se entregó al sueño que tan dulcemente la llamaba.

Cuando abrió los ojos de nuevo, Jane no sabía cuánto tiempo había dormido, la alcoba estaba llena de caras que la miraban sonriendo. A pesar de que todo el mundo le hablaba, preguntándole por su estado o para darle la enhorabuena, ella solo tenía ojos para una persona, su marido.
El rey Enrique se encontraba en una esquina de la habitación, meciendo con delicadeza y mirando embobado al bebé que tenía entre sus brazos. No cabía más felicidad en él, su tercer hijo había llegado y era un varón, su ansiado heredero varón.

Jane miraba la escena desde su cama con una amplia sonrisa, sin decir nada, no quería interrumpir aquella visión tan bella. Cuando el rey se dio cuenta de que su esposa había despertado, se acerco a ella con el bebé en brazos y se sentó a su lado.

-¿Os encontráis bien querida?- preguntó Enrique y ella asintió sonriendo –Es un niño, Jane, me habéis dado un varón, le llamaremos Eduardo. Os amo Jane- comentó emocionado y sin poder articular más palabras besó con suavidad los labios de ella.

El rey hizo salir a todo el mundo de la alcoba para dejarla descansar, el siguió a toda la gente no sin antes besar de nuevo la frente de su hijo y entregárselo a su madre. Durante los meses que duró su embarazo, Jane se imaginó en numerosas ocasiones la primera vez que tuviera a su hijo en brazos, y por fin ese esperado momento había llegado.

Miraba al pequeño con ternura, estaba radiante y una gran sensación de felicidad recorría su cuerpo, era la criatura más hermosa que ella jamás hubiera visto. Había heredado el color rubio de su cabello y sus ojos azules, y aún así se parecía mucho a su padre.

Eduardo se revolvía en los brazos de la reina haciendo suaves ruiditos mientras ella no dejaba de mirarle. El príncipe se quedó quieto un instante y sus ojos azules se encontraron con los de su madre, tras mirarla un segundo hizo una mueca graciosa y en su cara se pudo ver una sonrisa. Esa conexión madre e hijo tan especial hizo que unas lágrimas brotaran de los claros ojos de la reina. La sensación de tener a tu propio hijo en brazos era una cosa que no se podía explicar, había que vivirla.

Aquella noche y durante tres días las campanas y los fuegos artificiales invadieron Londres, Inglaterra tenía un nuevo príncipe y heredero. Un precioso niño rubio que dormitaba plácidamente en su cuna bajo la atenta mirada de su madre.    



         FIN 


domingo, 7 de abril de 2013

Comenzando...

Como bien dice el título de la entrada, hoy empiezo a trabajar en este blog. Hay personas que llevan mucho tiempo sugiriéndome la creación de algo parecido donde publicar los relatos que poco a poco he ido escribiendo, pero hasta ahora no me había decidido. 

La mayoría de las historias que vais a leer aquí son inventadas por mi o basadas en roles. La temática os la podéis imaginar sabiendo cual es mi personaje en twitter-rol, aunque también mezclo personajes e historias de distintas sagas. En algunos relatos que publique aunque sean inventados por mi, no me alejaré mucho de la realidad, de lo que he podido leer acerca de esta dinastía o de la serie. Otros como podréis ver no tendrán nada que ver y serán como mi imaginación quiera diseñarlos.

De antemano os digo que no me considero muy buena escritora, pasable más bien, por eso acepto criticas constructivas de todo tipo para intentar mejorar poco a poco. Espero que os gusten las historias que voy a subir y acepto sugerencias para escribir otras, incluso si alguien confía mucho en mi, podría atreverme a escribir alguna historia que me pidieran.

Gracias por dedicar un ratito de vuestro tiempo en leerme.

Fdo: La user de Jane :D