Todo
el mundo estaba de preparativos en la corte inglesa de Enrique VIII, ya que
este viajaría a Escocia muy pronto acompañado de su quinta esposa, la reina
Catalina Howard y la hija mayor de este Lady María. El día de la partida por
fin había llegado pero antes el rey Enrique debía dar unas instrucciones a las
personas que se dedicaban al cuidado de su pequeño tesoro: su único hijo y
heredero, el príncipe Eduardo.
-Lady
Brian, encargaos en todo cuanto mi hijo precise y si por algún casual llegara a
enfermar, no dudéis en avisarme- el rey se dirigió a la institutriz del
príncipe, aunque ella no necesitaba ninguna instrucción, ya que llevaba al
cuidado de los hijos del rey mucho tiempo y sabía de sobra lo que tenía que
hacer. Aun así la mujer asintió ante las palabras del rey.
Antes
de irse, Enrique se dirigió a alguien más, una joven de cabellos cobrizos que
cada día se parecía más a su madre, su hija la princesa Isabel.
-Isabel,
no dejéis de transmitir vuestra sabiduría a vuestro hermano-
-Así
lo haré majestad, no dudéis que enseñaré a mi hermano todo cuanto se-
Enrique
le dedicó una tierna sonrisa a su hija y se despidió de todos antes de marchar.
El
príncipe Eduardo contaba ya con cinco años de edad, tenía el pelo muy rubio y
rizado y aunque se pareciera a su padre bastante, cada vez que el rey le miraba
era imposible no ver en él a su madre, la difunta reina Jane. Todo el mundo a
su servicio se había encargado de que el niño creciera sano y feliz, y así
había sido, aunque le faltara la figura materna, las dos esposas del rey que
precedieron a Jane, se habían encargado de ser una madre para el pequeño.
Las
dos hijas del rey a menudo participaban de la educación y el recreo del niño,
el pequeño príncipe a su corta edad ya se había ganado la simpatía de todas las
personas que le rodeaban.
Una
tarde, días después de la partida del rey hacia Escocia, La princesa Isabel se
encontraba con el príncipe Eduardo ayudando a este a estudiar el tan necesario
latín. Al niño le costaba concentrarse, pues estaba más pendiente de los
juguetes que se encontraban próximos a donde estaban sentados que a las
lecciones de su hermana.
Isabel
leía y Eduardo repetía con pesadez y aburrimiento lo que su hermana decía. La
joven se percató de que su hermano ya no le prestaba tanta atención como al
principio de empezar la lección.
-Eduardo,
debéis conocer y aprender latín, es lo que se espera del futuro rey de
Inglaterra- Isabel reprendió a su hermano pero como siempre de manera dulce y
comprensiva. Giró la vista al mismo lugar de su hermano y se dio cuenta que el
pequeño miraba a sus juguetes con cara de pena. – ¿Queréis ir a jugar?- Eduardo
asintió emocionado.
-Tal
vez todos le estamos exigiendo demasiado a Eduardo, sin pararnos a pensar que
es tan sólo un niño- pensó Isabel e hizo un gesto para que su hermano marchara
a jugar.
Antes
de que el niño se moviera de la silla la joven princesa se puso de rodilla ante
la silla de su hermano y mirándole a los ojos con cariño le dijo algo que
rondaba en su cabeza durante hacía algún tiempo.
-Eduardo
prometedme que cuando seáis rey seréis un rey justo y bueno- aunque aún faltaba
tiempo para que su hermano tomara el mando del trono de Inglaterra, la joven
veía muy necesario ir inculcando ciertos valores en su hermano. Eduardo asintió
tras escuchar las palabras de su hermana y finalmente se fue a jugar.
Al
caer la noche Isabel se dirigió a la habitación del príncipe para darle las
buenas noches como hacía habitualmente. Ayudó al niño a meterse en la cama y
arroparle y cuando se acercó a besar su frente advirtió de que ardía en fiebre.
Rápidamente
avisó a Lady Brian esta mandó a visar al médico y Sir Edward Seymour, el tío
del príncipe Eduardo y la persona encargada de su tutela. Tras examinar al
pequeño el médico les dio malas noticias, el pequeño estaba gravemente enfermo
y su vida dependería de que pasara la noche. Eso era una noticia terrible, ya
que si el pequeño moría sería una gran pérdida para todos, además que la continuidad
de la dinastía Tudor se vería tambaleada.
Desde
el momento en que Eduardo enfermó se había evitado molestar al rey, esperando
la mejoría del niño, pero ya era hora de que el rey Enrique supiera el estado
crítico de su único hijo y Sir Edward sería el encargado de hacerlo.
Cuando
la noche ya estaba bien avanzada el silencio que había cerca de las estancias
del príncipe se rompió con los gritos del rey, era evidente que ya había
llegado. De camino a la habitación de su hijo Sir Edward Seymour recibió una
buena reprimenda por no avisarle rápidamente del estado de su benjamín.
Los
Seymour habían gozado de gran prestigio en la corte desde que Jane se había
convertido en reina, cuando está murió su prestigio siguió en auge ya que el
heredero del rey pertenecía a su familia. Ahora con la enfermedad del príncipe
su grandiosidad peligraba.
El
rey aún enfadado mando salir a todas las personas de la habitación. Se sentó en
la cama de su hijo dispuesto a velar su sueño durante el resto de la noche,
hasta que el cansancio pudo con él y cayó rendido.
Llegó
el alba y con él el comienzo de un nuevo día, el rey se despertó porque alguien
jugaba con su pelo. Al ver de quién se trataba se incorporó de golpe con una
amplia sonrisa, tocó la frente del pequeño que ya no ardía, esto era señal de
que el príncipe se había recuperado.
Enrique
abrazó con fuerza a su hijo y tras volver a comprobar que estaba bien se retiró
para dejarle descansar. Con la recuperación del príncipe Eduardo la estabilidad
volvía al reino de Enrique VIII, al menos por el momento.



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